Ahora
bien, con respecto a la cacería del prístino unicornis... Habeis de
saber que tal creatura no es de sencillo abarajamiento. Muchos son
los que han intentado lograr tal proeza infructuosamente. Esto se
debe a que la bestia sagrada es de hábitos desconocidos para el
homem. Tal es como nos lo narra Benito della Sambrolla: "Me
encontraba defecando en un claro del bosque. Giovanna le había
puesto a los chinchinelli arándanos de más y yo andaba con las
tripas en revoltijo. Grande fue mi sorpresa cuando noté la presencia
de un animal que me observaba. 'Qué desubicado, estoy cagando'
pensé. La creatura salió de su lugar entre los árboles. Entonces
le vi en todo su esplendor. Se trataba del legendario Aunicorniae
(también llamado Aeueniecornieaeue en alto latín). Acaricié su
testuz, arrobado por tanta hermosura. Pero perdí conciencia de mi
situación y sin quererlo, pedorrié. La sacra bestia entre
sorprendida e indignada me corneó. Yo por mi parte manoteé un
sorete y se lo arrojé. Al llegar a casa, después de vendarme un
pulmón, lloré porque mi encuentro con la inmaculada bestezuela de
los bosques se hubiera dado así..." Tal fue la paupérrima
experiencia de este infeliz. Allí se nos revela la naturaleza del
excelso unicornis, una bicha mansa pero orgullosa. Con la llegada de
la calesita en el siglo XV la población de este noble animal
disminuyó drásticamente. Y estando ahora en el año 1764 desde el
esguince y recuperación de Nuestro Señor, se me enllenan los ojos
de lácrimas al pensar que tal vez pronto no se vuelva a ver ya más
a tan sublime equino galompando por los valles.

