martes, 10 de marzo de 2015

A imagen y semejanza



Todos sufrimos. Un niño nigeriano sufre por el hambre. Un taxista venezolano porque no llega a fin de mes. Una chica australiana porque no encuentra a alguien que la quiera. Un médico hindú porque le gustaría hacer más por sus pacientes, pero no puede. Un muchacho portugués porque se le murió su padre y nunca llegó a decirle que lo había perdonado.
Tratamos de sobrellevar lo mejor que podemos nuestro sufrimiento. Y algunas veces, cuando ya no soportamos más, nos decimos a nosotros mismos: “Yo trato de hacer lo que puedo. Pero es todo tan difícil... No se por qué tengo que sufrir tanto... Yo soy bueno. En realidad nunca quise hacerle mal a nadie. Pero es que esta vida es tan complicada que a veces me olvido de quien soy. ¿Por qué tiene que ser así?”.
Nadie nos responde esa pregunta. Se nos llenan los ojos de lágrimas y nos ponemos a pensar en otra cosa. Por que por más que duela, hay que seguir adelante.
Y en su omnisciencia, todas y cada una de las veces que a un ser humano le sucede esto, el Creador le dedica unos momentos a su hijo doliente y se repite esta escena:
Al Creador también se le llenan los ojos de lágrimas y piensa: “Pobres, son todos tan buenos... Un día van a desencarnar y finalmente van a encontrar la paz. Pobres mis hijos, son tan buenos en realidad. En Verdad ellos nunca quisieron hacerle mal a nadie. Pero es que el oro se purifica con fuego y el hombre con el sufrimiento”