Todos
sufrimos. Un niño nigeriano sufre por el hambre. Un taxista
venezolano porque no llega a fin de mes. Una chica australiana porque
no encuentra a alguien que la quiera. Un médico hindú porque le
gustaría hacer más por sus pacientes, pero no puede. Un muchacho
portugués porque se le murió su padre y nunca llegó a decirle que
lo había perdonado.
Tratamos
de sobrellevar lo mejor que podemos nuestro sufrimiento. Y algunas
veces, cuando ya no soportamos más, nos decimos a nosotros mismos:
“Yo trato de hacer lo que puedo. Pero es todo tan difícil... No se
por qué tengo que sufrir tanto... Yo soy bueno. En realidad nunca
quise hacerle mal a nadie. Pero es que esta vida es tan complicada
que a veces me olvido de quien soy. ¿Por qué tiene que ser así?”.
Nadie
nos responde esa pregunta. Se nos llenan los ojos de lágrimas y nos
ponemos a pensar en otra cosa. Por que por más que duela, hay que
seguir adelante.
Y
en su omnisciencia, todas y cada una de las veces que a un ser humano
le sucede esto, el Creador le dedica unos momentos a su hijo doliente
y se repite esta escena:
Al
Creador también se le llenan los ojos de lágrimas y piensa:
“Pobres, son todos tan buenos... Un día van a desencarnar y
finalmente van a encontrar la paz. Pobres mis hijos, son tan buenos
en realidad. En Verdad ellos nunca quisieron hacerle mal a nadie.
Pero es que el oro se purifica con fuego y el hombre con el
sufrimiento”

