Trataré de narrar de la forma menos caótica lo que dio en acontecer. Pues todavía me cuesta acomodar en mi cerebro todos los hechos paparuchísticos que sucedieron. Comenzaré por el principio, que suele ser lo más lógico. Mi nombre es Rodolfo Hemlock, tengo 45 años y soy antropólogo. Quizás haya sido por la maratón de películas de Indiana Jones que vi en una calurosa semana de verano. O tal vez porque ya tenía los testículos como dos globos zeppelin de dar clases a jóvenes que recién estaban saliendo de la adolescencia. Lo cierto es que decidí organizar una expedición al amazonas en busca de la legendaria ciudad de El Dorado. Mis colegas y amigos me dijeron que era una locura, que era una total idiotez lo que estaba por hacer. Claro está que no los escuché, pues de eso se trata justamente tener un rapto de idiotez. Logré convencer a tres personas para que me acompañaran en esta aventura. Gabriela de 35 años, apasionada arqueóloga y aficionada a las pastas. Rodolfo de 68 años, profesor de historia de marcada ideología conservadora y por momentos fascista friendly. Joaquín de 21 años, competidor amateur de ping pong (a él lo llevamos más que todo para redondear gastos y para facilitar el traslado de valijas). Llegamos al amazonas brasilero en plena estación de lluvias, lo que sigue ratificando lo imbécil de todo esto. Contratamos a un local para que nos lleve lo más adentro de la selva que se pudiera. Claro que nos estafó, así que tuvimos que contratar a otro individuo. Este también nos garcó, pero por lo menos cumplió casi con lo que necesitábamos. Un tercer tipejo nos dejó finalmente en las curtidas manos de unos indígenas Korubos. Ellos nos trataron de convencer por todos los medios primero de que nos vayamos por donde habíamos venido; y al ver que esto no iba a suceder, pusieron mucho énfasis en que no existía ningúna ciudad mítica en la selva. Cuando pudimos charlar con más confianza (fruto de que el hijo del cacique intercambiara fluidos con Gabriela, para alegría de ambos), nos comentaron que había en sus leyendas unas cuantas referencias al mítico lugar que estábamos buscando. No quiero ahora detenerme en el derrotero que seguimos hasta llegar a la legendaria ciudad. Solo diré que en el camino, unas gallaretas mataron a Rodolfo. Y que Joaquín tuvo un episodio de delirio místico que pudimos subsanar a base de cachetadas y agua helada. Tengo que terminar de escribir esto lo más pronto posible. Pues después de haber hecho contacto con la civilización de El Dorado, el FBI comenzó a acosarme. Joaquín y Gabriela ya han sido “suicidados”. Si hubiera sabido que todo iba a terminar así, nunca hubiera hecho esta expedición. Pero bueno... de eso se trata la vida, ¿no? Uno por lo general no sabe que va a suceder hasta que hace las cosas. Salvo por esas personas que poseen una bola de cristal. Quiero dejar constancia que la ciudad que hallamos es una de las tantas que tiene vínculo directo con Agartha, el mundo intraterreno. Ahora dejaré este escrito y prepararé mis valijas de nuevo. Mi única esperanza es vivir definitivamente en El Dorado. Si no quiero terminar cabeceando una bala como John F. Kennedy o inoculado con sida como Andreas Faber-Kaiser, he de huir. Malditos yankees, siempre lo mismo. No les bastaba con inventar la coca-cola y ser la principal sede del Nuevo Orden Mundial. En fin.. Quien lea esto, sepa que la verdad está ahí afuera pero creo que es mucho mejor no encontrarla..









