Hace
mucho tiempo y vaya a saber dónde, sucedió esto... Kouros moraba en un valle cerca de las montañas. Tenía un amigo que no veía hace
tiempo. Se llamaba Aram. Kouros vivía muy ocupado trabajando la
tierra. Un día pasó por su hogar uno de los hijos de su querido
amigo. Aprovechó la oportunidad y le pidió al niño que le llevara
una carta a su padre. En ella le decía que lo apreciaba mucho y lo
invitaba a que se reunieran pronto. Pasaron los días y Aram no tuvo
respuesta alguna. “Ya va a contestarme” se decía. Las semanas se
sucedieron y ninguna carta llegaba a sus manos. “Seguramente Aram
tiene asuntos que atender, pero sé que pronto sabré de él”.
Meses pasaban uno tras otro y no había ninguna novedad. “Realmente
me molesta que Aram se comporte así. Creí que valoraba
nuestra amistad. Cuando reciba su respuesta voy a aclararle que ha
obrado mal. Me siento ofendido”. Y ya ahí comenzó a tener un
extraño tic en su ojo. Cuando un año y algo más había
transcurrido desde que Kouros mandara su carta, se desató su ira.
“¡Éramos amigos desde niños y me ignora de esta forma!” decía
él, y en su interior crecía el odio. “¡Tantas veces ayudé a
este imbécil y ahora me paga insultándome!” decía él, y en su
interior crecía el odio. “Le brindé mi confianza, mi respeto, mi
afecto y ahora decide repudiar mi ser” decía él, y en su interior
crecía el odio. Entonces rebosante de furia, Kouros se dirigió a su
forja. No durmió en toda la noche y con el hierro del arado hizo una
espada (le salió un poco deforme igual). Mientras se marchaba de
sus tierras mató a sus propios animales. Y puso esmero en matar a
ese maldito pato que cagaba por todos lados. Su familia trató de
frenarlo, pero este pobre hombre ya galopaba en el corcel desbocado
de la cólera más negra. Vagó por los páramos sin rumbo, atacando
y asesinando ser viviente que se le cruzara. En su demencia mató al
líder de una banda de mercenarios y ladrones. Estos comenzaron a
seguirle, imitando a su nuevo cabecilla, masacrando a diestra y
siniestra. Pronto Kouros lideraba un ejército. Y allí por donde iba
acribillaba humanos, animales y plantas sin piedad. En cierta ocasión
se obsesionó con un roble. Estuvo tres días golpeándolo
con su espada hasta que sus hombres pudieron pararlo. Su poder siguió
creciendo alimentado por el odio. Arrasó ciudades, destruyó
familias, perpetró genocidios e inclusive apuñaló a un rebaño
entero de ponis él mismo. Masacró una nación tras otra, sembrando
el sufrimiento y el dolor hasta tierras distantes. Creó un imperio
de violencia y terror, dónde se llevaban a cabo los actos más espantosos y sanguinarios. Una vez al mes se sacrificaba un elefante,
arrojándolo desde un acantilado de manera que estallara
estrepitósamente. Luego Kouros se bañaba en la sangre del animal
muerto y con sus puños desnudos se enfrentaba a un tigre. Siempre
salía victorioso por la vehemencia que le proporcionaba su estado de
enajenación. Y para finalizar decapitaba a 100 prisioneros de un
solo golpe. Cierto día uno de sus soldados le trajo cautivo al
hijo de Aram. Kouros le habló diciendo: “¡Todo lo que tenía que
hacer tu padre era responderme! ¡Habíamos sido amigos toda la vida!
¡¿Por que tuvo que herirme así?! ¡¿Por queeeeeeeeeeé!? Y
balbuceando el muchacho le dijo: “Ese día había comido muchos
arándanos. Me descompuse y usé la carta para limpiarme. Llegué a
casa y me puse a perseguir liebres. Olvidé decirle a mi padre sobre la invitación...” Entonces Kouros abandonado a la
desolación, salió corriendo. Corrió hasta que se rasgaron sus
vestiduras. Finalmente se encontró entre las cimas de las montañas. Y
allí entre alaridos se arrojó al abismo.
Pues
ya ve, querido lector: Cuánto puede perjudicarnos pensar de más.
Suponer que las cosas son de tal o cual modo sin realmente saberlo y
obrar en consecuencia, es una gran idiotez. ¡No piense al pedo y
viva plenamente!







