miércoles, 14 de mayo de 2014

Expedición hacia el continente Hiperbóreo


Hace mucho tiempo y vaya a saber dónde, sucedió esto... Kouros moraba en un valle cerca de las montañas. Tenía un amigo que no veía hace tiempo. Se llamaba Aram. Kouros vivía muy ocupado trabajando la tierra. Un día pasó por su hogar uno de los hijos de su querido amigo. Aprovechó la oportunidad y le pidió al niño que le llevara una carta a su padre. En ella le decía que lo apreciaba mucho y lo invitaba a que se reunieran pronto. Pasaron los días y Aram no tuvo respuesta alguna. “Ya va a contestarme” se decía. Las semanas se sucedieron y ninguna carta llegaba a sus manos. “Seguramente Aram tiene asuntos que atender, pero sé que pronto sabré de él”. Meses pasaban uno tras otro y no había ninguna novedad. “Realmente me molesta que Aram se comporte así. Creí que valoraba nuestra amistad. Cuando reciba su respuesta voy a aclararle que ha obrado mal. Me siento ofendido”. Y ya ahí comenzó a tener un extraño tic en su ojo. Cuando un año y algo más había transcurrido desde que Kouros mandara su carta, se desató su ira. “¡Éramos amigos desde niños y me ignora de esta forma!” decía él, y en su interior crecía el odio. “¡Tantas veces ayudé a este imbécil y ahora me paga insultándome!” decía él, y en su interior crecía el odio. “Le brindé mi confianza, mi respeto, mi afecto y ahora decide repudiar mi ser” decía él, y en su interior crecía el odio. Entonces rebosante de furia, Kouros se dirigió a su forja. No durmió en toda la noche y con el hierro del arado hizo una espada (le salió un poco deforme igual). Mientras se marchaba de sus tierras mató a sus propios animales. Y puso esmero en matar a ese maldito pato que cagaba por todos lados. Su familia trató de frenarlo, pero este pobre hombre ya galopaba en el corcel desbocado de la cólera más negra. Vagó por los páramos sin rumbo, atacando y asesinando ser viviente que se le cruzara. En su demencia mató al líder de una banda de mercenarios y ladrones. Estos comenzaron a seguirle, imitando a su nuevo cabecilla, masacrando a diestra y siniestra. Pronto Kouros lideraba un ejército. Y allí por donde iba acribillaba humanos, animales y plantas sin piedad. En cierta ocasión se obsesionó con un roble. Estuvo tres días golpeándolo con su espada hasta que sus hombres pudieron pararlo. Su poder siguió creciendo alimentado por el odio. Arrasó ciudades, destruyó familias, perpetró genocidios e inclusive apuñaló a un rebaño entero de ponis él mismo. Masacró una nación tras otra, sembrando el sufrimiento y el dolor hasta tierras distantes. Creó un imperio de violencia y terror, dónde se llevaban a cabo los actos más espantosos y sanguinarios. Una vez al mes se sacrificaba un elefante, arrojándolo desde un acantilado de manera que estallara estrepitósamente. Luego Kouros se bañaba en la sangre del animal muerto y con sus puños desnudos se enfrentaba a un tigre. Siempre salía victorioso por la vehemencia que le proporcionaba su estado de enajenación. Y para finalizar decapitaba a 100 prisioneros de un solo golpe. Cierto día uno de sus soldados le trajo cautivo al hijo de Aram. Kouros le habló diciendo: “¡Todo lo que tenía que hacer tu padre era responderme! ¡Habíamos sido amigos toda la vida! ¡¿Por que tuvo que herirme así?! ¡¿Por queeeeeeeeeeé!? Y balbuceando el muchacho le dijo: “Ese día había comido muchos arándanos. Me descompuse y usé la carta para limpiarme. Llegué a casa y me puse a perseguir liebres. Olvidé decirle a mi padre sobre la invitación...” Entonces Kouros abandonado a la desolación, salió corriendo. Corrió hasta que se rasgaron sus vestiduras. Finalmente se encontró entre las cimas de las montañas. Y allí entre alaridos se arrojó al abismo.

Pues ya ve, querido lector: Cuánto puede perjudicarnos pensar de más. Suponer que las cosas son de tal o cual modo sin realmente saberlo y obrar en consecuencia, es una gran idiotez. ¡No piense al pedo y viva plenamente!








lunes, 12 de mayo de 2014

Olímpicamente


Andrómaco pasaba sus días como el último sobreviviente de una tragedia griega. Pues lo era. Vivía feliz con su familia en la costa del mar Egeo. Aquel día Poseidón venía canchereando, se resbaló de uno de sus delfines y cayó sobre su hogar, aplastando la construcción y matando a todos menos a él. El dios se disculpó y le dejo un pulpo como indemnisación. “¿Qué sentido tiene que yo siga con vida? Pues el peor destino para el hombre es estar siempre solo”. Así pensaba Andrómaco mientras el pulpo se frotaba amistosamente contra su pierna. Esa misma noche mientras cenaba pulpo, Andrómaco decidió que ya que los dioses habían decidido que su vida fuera una tragedia, iba a representarla de la mejor forma. Así que nuestro pobre héroe viajaba de pueblo en pueblo brindándole tristeza a la gente. “Pero este tipo era un malviviente, un truhán, un pelonio, un paparruchas, un cogorno, un mamorro” pensarán ustedes. Pues no. El era un verdadero infeliz. Y se encargaba de mostrarle a todos que debían estar felices con su situación, pues en comparación no había peor que la de Andrómaco. Allí donde había un lisiado, después de haber visto el rostro desfigurado por el dolor de nuestro héroe, había un lisiado feliz de vivir. Y así fue como hizo felices a miles de personas. Cuando la gente lo veía llegar, gritaba: “¡Ahí viene el infeliz de Andrómaco, alegrémosnos pues no hay desdicha mas grande que la suya!”. Ayudando a las personas fue que él se volvió un hombre dichoso. Formó una familia y construyó su casa en las orillas del mar, en la isla de Paxos. Pero un día Poseidón venía haciendo wheelie en una manta raya y se repatingó. Cayó al lado de la casa, destruyendo el huerto, los corrales, matando dos burros y a todo el rebaño de ovejas. El dios les ofreció una morsa y dos estrellas de mar en compensación. Andrómaco le dijo que se metiera su criaturas marinas por el orto. No necesitaba nada más que su familia, que estaba a salvo. Pues verán, hay justicia en los dioses y tarde o temprano obtenemos lo que nos merecemos.




 

domingo, 11 de mayo de 2014

El Águila y la ardilla


Es sabido que el Imperio Romano no logró someter y dominar Germania. Al ver que los intentos en ocupar esa región eran demasiado costosos en vidas y dinero, el emperador Augusto desisitió. Pero hay ciertos detalles poco conocidos de como fue que realmente sucedió esto. El gran problema fueron los “comandos ardilla” (“Eichhörnchen Trupp” en alto germano). Las legiones romanas se toparon con una fuerza especializada de combatientes que les provocaron terribles inconvenientes. Se trataba de guerreros que utilizaban como única protección la piel trasquilada de una ardilla sobre su cabeza. Quintilio Varo nos narra en sus anotaciones “... y de improviso ante nuestros incrédulos ojos, salió de entre los árboles una turba de hombres. En pelotas y a los gritos. Por alguna extraña y ridícula razón llevaban en su cabeza una ardilla. Entre la sorpresa y el desconcierto demoramos en preparar nuestra formación. Nos acribillaron”. En otro campamento romano el único sobreviviente de una cohorte, relató a su centurión: “Me encontraba haciendo guardia. En cierto momento me percaté que había un germano espiándome con una ardilla por sombrero. Movía su cabeza de tal manera que pareciese que la ardilla estaba viva. Yo pensé: 'Este hombre no puede ser tan imbécil de creer que no veo que unida a esa ardilla hay un germano de 1,80 de estatura'. Lo cierto es que mientras debatía en mi mente sobre la increíble idiotez que estaba viendo, el hombre se avalanzó y traspasó mi muslo con una lanza”. Después de meses en los fríos bosques de Germania y con las matanzas que se producían a diario, los legionarios no resistireron más. Muchos de ellos se despertaban gritando en medio de la noche por haber soñado con ardillas . Llegó un punto que incluso el avistamiento de uno de estos pequeños animales era la causa de ataques de pánico, delirium trémens y diarrea. Puesto que esos bosques septentrionales están densamente poblados por estos roedores masticadores de bellotas, se volvió un infierno para las legiones romanas permanecer allí. Y cuando las últimas filas del ejército romano cruzaban la frontera de Germania, desde los bosques arrojaban ardillas (vivas) entre sus filas, mientras les gritaban "¡Drückeberger, drückeberger!" (¡Cagones, cagones!)





viernes, 9 de mayo de 2014

Siempre distante


Para el ser humano el éxito es uno de los acontecimientos más gratificantes en la vida. Todos soñamos, anhelamos y buscamos lograr algo en particular. Algo que por razones que desconocemos significa tanto para nosotros. Cada vez que pensamos en eso nos brillan los ojos y se ilumina nuestro ser con la esperanza de que un día vamos a llegar ahí donde queremos. Entonces un día sucede. Vemos nacer a nuestro primer hijo, contemplamos el paisaje desde la cima de la montaña, el público se pone de pie para aplaudir nuestra obra, nos atiende el teléfono nuestro amigo con el que estábamos peleados desde hace años, vendemos la franquicia número 20, finalmente conocemos a nuestro padre... Y sentimos que nos llena la gloria, vibrante y avasalladora. Dentro nuestro bandadas de angelitos culones bailan entre las nubes, el taxista y el chofer de colectivo se chocan los cinco, delfines sonrisudos saltan entre las olas, un brasilero baila capoeira, trompetas doradas suenan a coro, caballos salvajes galopan por una pradera y escuchamos a un japonés que toca la 9na de Beethoven con un sintetizador. Nos llena la euforia del éxtasis y nuestro ser desborda de felicidad. Aunque a veces dudáramos de que iba a pasar, ahí estamos parpadeando ante la luz de la victoria. Pero en poco tiempo la mente nos hace sentir gradualmente insatisfechos y nos esclaviza a fijarnos nuevas metas. Metas que nos transforman nuevamente en seres incompletos e infelices a menos que las llevemos a cabo. No obstante por unos momentos nos sentimos en plenitud por haber alcanzado eso que tanto queríamos. Y es entonces cuando el hombre, como en contadas ocasiones en su vida, conoce la paz.








La clepsidra emocional


Pregunta: ¿Y... te gusta?

Pensamiento: Pero que poronga. No lo voy a usar en la puta vida.
Respuesta: ¡Qué lindo! ¡Tenía pensado comprarme uno!

Pregunta: ¿Tenés cambio de 100?

Pensamiento: Es un kiosco esto. Tengo cambio. Lo que no tengo son ganas de que me lo lleven comprando boludeces.
Respuesta: Si si, no te hagas drama.

Pregunta: ¿Qué tal está la chocotortaaaa?

Pensamiento: Ojalá tuviera algo cerca para escupir esto. ¿Cómo puede ser que le salga siempre tan hedionda?
Respuesta: ¡Riquísima!

Pregunta: ¿Con lluvia de papas?

Pensamiento: No hijo de puta, si vine a pancho y papas para comer tallarines con tuco.
Respuesta: Si, gracias.

Si en esta vida todos dijéramos lo primero que se nos viene a la cabeza, se iría todo a la mierda. No al homicidio hablado (sincericidio). Antes de decir algo; pasemos nuestras palabras por huevo, pan rallado y le brindemos a nuestro interlocutor una milanesa verbal fácil de digerir.