Esto
sucedió en tiempos muy primitivos cuando la ciudad de Erech era la
que dominaba en la Tierra. Por aquél entonces podríamos decir que
la civilización estaba en la etapa de chuparse el dedo. Los sumerios
que vivían entre el barro y los juncos de la Mesopotamia, se
dedicaban bastante a imaginar toda suerte de estupideces. Y así nace
este mito que lo que tiene de delirante lo tiene de tristemente
cierto.
La
humanidad ya se estaba poniendo majareta. ¿Qué era eso de andar
inventando la escritura cuneiforme, construir acequias y crear
sistemas legales (si usted no entiende la referencia hacia el código
de Hammurabi, vuelva al secundario). “Pero poorrr favooooorrrrr,
dejemosnós de hinchar las pelotas” dijeron los dioses. En eso
estaban An, Enlil y Ninhursag despotricando contra el hombre y se les
acercó Eridú, el dios del arroz fermentado. Entonces les dijo:
Creemos un hombre libre. Que beba agua de los ríos, que cace con el
poder de sus músculos y que corra desnudo por los pastizales.
Creemos un hombre que les recuerde a los demás lo al pedo que se
complican la vida. Si, creemoslón”. Los otros dioses asintieron.
“Hablas con la verdad Eridú. Pero se dice creemosló, no
creemoslón” dijo Enlil. Y así fue como crearon a Enki. Rápido
como un avestruz y fuerte como un león. Alto, fornido, de piel y
cabellos oscuros. Iba de aquí para allá haciendo lo que deseaba.
Unos hombres de Larak iban por el piso 47 de un zigurat. Apareció
Enki y se los reventó a golpes. ¡Qué espectáculo! ¡Volaban
ladrillos, crujían las columnas y explotaba la piedra tallada!
¡Bravo Enki! ¡Que vean los hombres el sinsentido de construir algo
en este mundo hecho de polvo! Más les valdría correr por los
prados, hartarse de fruta a la sombra de los árboles y nadar a la
fría luz de las estrellas. Eso pensaban los dioses cuando veían a
Enki desbocado y exultante haciendo lo que le venía en gana. No
había maldad en él. Destruía por placer. Veía toda obra humana
como algo que desarmonizaba con la naturaleza. Y así era, porque
Enki no era bruto alguno. En la escritura con forma de cuñas que en
esos tiempos afloraba en las primeras ciudades de los hombres, el
veía otra cosa. Él veía organización, sistematización y control.
Con esos mismos elementos miles de años después se establecería El
Sistema. Con el que se oprimiría y esclavizaría a la raza humana en
su totalidad. Él veía seres intentando crear un Nuevo Orden
Mundial. Y escuchaba una letanía que se repetía en todos los
rincones de la tierra: “Conseguir trabajo. Trabajar. Casarse. Tener
hijos. Seguir la moda. Actuar normal. Caminar en el pavimento. Ver
televisión. Obedecer la ley. Ahorrar para la vejez. Y ahora repitan
conmigo: yo soy libre” Esto llenaba de ira y pena a Enki. Él era
libre. Y lo entristecía hasta el llanto ver al hombre esclavizado y
vuelto un objeto de diversión para ciertas Personas que se
vanagloriaban de ser los Líderes del Mundo. Y es por eso que
mientras Enki destruía, también lloraba. Porque el sufrimiento de
su hermano el hombre-esclavo era la fuerza que lo motivaba. ¿Qué
pasó entonces? ¿Cómo llegó el mundo a ser lo que era? No importa.
Lo cierto es que vivíamos controlados y dominados por Otros. Era
incierto el futuro de la humanidad. Pero contaba la profecía de los
antiguos semitas que si fuese a convertirse en realidad el plan de
instaurar un orden mundial perverso, entonces regresaría Enki.
Después de unos años de la más espantosa y horrible situación
conocida por el hombre alguna vez, volvería para liberarnos. Y si
bien estos sumerios hablaban muchas gansadas, la profecía se
cumplió. Así fue como sucedió: Llegó un día en que el Líder del
Mundo se proclamó abiertamente y se rió en la cara del hombre
esclavizado. Existía un Orden Mundial distópico y nefasto. Se
clonaban humanos. El metal cubría gran parte de la tierra. Había
una rígida división de clases sociales. Y entonces sin darse cuenta
el Señor de la Tierra cometió un error. Cebado en su poder y
arrogancia insultó al Altísimo. Pues verán, los dioses que dieron
vida a Enki habían sido creados por Uno. Su nombre no importa, pero
le llamaremos Yavhé. Un día en su locura y monstruosidad, el Primer
Controlador se equivocó. Diariamente todos los obreros debían de
sentarse ante su televisor y ver un video en vivo de su Amo
burlándose de ellos. Y en ese día en particular el Amo se rió de
Yahvé diciendo: “¿Así que tu hiciste a la raza humana? Yo los
convertí en mis esclavos y ahora son como larvas que puedo pisar”.
Entonces ante la mirada horrorizada de todos le fue traído un niño
recién nacido de la clase obrera. Y aullando de risa el Amo reventó
su cabeza de un pisotón. Entonces la tierra bramó. En la zona de
Mesopotamia entró en erupción un volcán matando a miles. Y por las
calles de la ciudad capital del Imperio apareció corriendo Enki.
Desnudo y en toda su gloria. Nadie entendía que pasaba.
Automáticamente los drones quisieron detenerlo. Y no pudieron. Con
un galope lleno de violencia Enki se dirigió hacia el Palacio
Central, la residencia del Amo de la Tierra. Lo intentaron detener
los guardias de la ciudad. Y no pudieron. “¡Ha llegado el día del
espanto!” se decían los Gobernadores del mundo llenos de terror. Y
todos veían en sus televisores, proyectores y holovisores como se
cumplía la profecía. Apareció en pantalla el cuerpo ensangrentado
y lleno de odio de Enki. Esta vez no había lágrimas en sus ojos.
Porque sabía que el ser humano iba a ser libre por primera vez en
miles de años. El Primer Controlador chilló de horror ante la vista
del mundo entero. “¡Ha llegado el día del espanto!” se decían
los Gobernadores del mundo llenos de terror. Y entonces de un solo
golpe brutal en el pecho Enki acabó con la vida del Amo. Y ese fue
el principio del fin. Mientras la Revolución se desataba a lo largo
y ancho del globo, Enki corría enajenado matando a diestra y
siniestra. Y toda la humanidad escuchó la voz de Yahvé amonestando
a los Dirigentes y obradores de mal. Su voz decía: "¡Si de
veras sabes tanto, dime dónde estabas cuando puse las bases de la
Tierra! ¿Dónde estabas tú cuando los ángeles cantaban y las
estrellas danzaban, antes que todo fuera? A Dios nadie le enseña
nada; nadie le da consejos ni lecciones de ciencia y sabiduría. No
sea que Su cólera descienda sobre vosotros: pues sobre quién
desciende Su cólera, perecerá”





























