jueves, 12 de junio de 2014

Su lugar en lo que Es


Ya habiendo rebasado los límites de la pelotudez más asombrosa es que me encuentro en esta situación. Es que.... ¿cómo decirlo? Nunca creí que fuera posible que en este mundo pasaran ciertas cosas tan subnormales. Por lo que he decidido arrojarme desde un acantilado. O bien envolverme en cartuchos de dinamita -cual arrollado de pollo- y explotar sin previo aviso. Si explotara sería en un shopping o un supermercado. Creo que haría bien librando a este planeta de unos cuantos infelices. Todo empezó un día en el que como tantos otros prendí la tele. Y ahí estaba en horario central. Los teletubbies. Entonces llorel. Si, llorel. Es como llorar pero con L. Llorel mucho. Y en mi desesperación dijómememe a mi mismo “Aespera. Dale una oportunidad mas a todo este sinsentido que se ha vuelto la vida”. Me eché una siesta. Al despertar prendí de nuevo la televisión. Tal vez debiera haber tenido la sabiduría de cambiar de canal antes de irme a dormir. En fin. Surgida de las profundidades de la anomalía mas aberrante escuché la siguiente canción “Barney es un dinosaurio que vive en nuestra mente y cuando se hace grande es realmente sorprendente...” “Estamos listos” me dije. “No tengo nada más que hacer en este mundo”. “Desenchufo la plancha y me suicido” Y entonces sentí como un fuego abrasador me consumía por dentro y llenaba mi ser de un éxtasis indescriptible. Una luz dorada me envolvió y perdí el conocimiento. Al recobrar la conciencia me encontraba en lo que parecía ser una nube. Un hombre vestido de Rafaella Carrá (pero de blanco) se hallaba en frente mío. Y me dijo las siguientes palabras: “Hombre mortal has de saber que la pelotudez tiene un propósito en la existencia. Es tan importante como el amor, la ropa interior o los diccionarios. Pareciera que por momentos el Altísimo esta jugando al jenga con la humanidad. Pero no es así. Pues veraz, si no pasaran pelotudeces nada sería lo mismo. Einstein no hubiera nacido si su padre no se hubiera olvidado las llaves adentro del auto. Gandhi hubiera sido jugador de tenis si de chico no se hubiera trompezado con un gato. Mozart no se hubiera dedicado a la música si no hubiera visto como ejecutaban a un hombre por tocarle el culo a una vieja. Vuelve a tu plano Hombre mortal. Y de ahora en mas enaltece la estupidez, la imbecilidad, la incoherencia y todas esas cosas. Pues sabed que aun hasta al Eterno Inmanifestado alguna vez se le ha escapado un pedo”





La science de l'homme


Por fin iba a conocer a Leopold Bronson. En ese entonces me encontraba haciendo mi doctorado en la Universidad Técnica de Essex. Nuestro campo de estudio eran los neutrinos, unas partículas que no estábamos seguros de que existieran y si existiesen no afectarían a nuestro mundo en absolutamente nada. El estado subsidiaba nuestro trabajo con 500.000 libras al mes. Debo confesar con cierta vergüenza que nos sobraba bastante dinero que gastabamos en autos, mujerzuelas y rock and roll. Volviendo a mi relato iba a conocer a Bronson. Él recientemente había ganado el Nobel de física por los resultados reveladores y contundentes en investigaciones sobre la antimateria. Lo hizo a través de una seria de experimentos con cucuruchos, patos y piñatas. Leopold Bronson era mi ídolo. Muchas veces me disfrazaba de él y jugaba a dar conferencias hasta que mi novia, Linda, me amenazaba con dejarme. Cierta mañana de Agosto recibí anonadado y lleno de alegría la noticia que Leopold quería tener una charla conmigo. Resultaba que mi artículo publicado en la revista “Science and Stuff” le había llamado la atención. En él describía la incidencia del campo anamórfico de un yo-yo en la órbita de la Tierra. Ese día después del encuentro llegué llorando a mi apartamento. Linda me preguntó sorprendida “¿Qué pasa James? ¿Qué te dijo Leopold?”. Y yo balbuceante le respondí “Es que, es que cuando abrí la puerta y lo vi... tenía un pirincho. Y... y después tomando el té... se le cayó una galletita al piso... y se la comió”





El fin de la eternidad


Cuando el último muñeco silbador de Mickey sea arrojado a la basura, dice la profecía que despertará Walt Disney. En chancletas y con muchísimas ganas de mear. Después de ponerse al tanto de como viene la mano con el mundo, se tomará un té con leche. Y luego liberará a la humanidad. La batalla será en el desierto de Gobi. Allí citará al verdadero enemigo del hombre para combatir en un duelo abrumadoramente épico. Luego de esperar durante días en silencio y comiendo tubérculos, Walt verá aparecer a la encarnación del mal en la tierra. Ronald McDonald. Entonces Walt se revelará como realmente es. Un ser divino enviado para la redención del ser humano. Su mirada será la del sol. Ante su voz temblará la tierra y se partirán las piedras. Su olor será a Polo Blue de Ralph Lauren. Ronald se arrepentirá por cada Big Mac vendida. Pero ya será demasiado tarde. Lucharán durante 10 días (ponele) hasta que Walt de un golpe triunfal decapitará al payaso gastronómico. Y habrá jolgorio, alegría, dicha y comida con bajo colesterol en el mundo. Con la caída de la columna central del capitalismo, la humanidad comenzará una era utópica de paz, abundancia y hermandad. Regresará el Principito entre nosotros y para celebrar el triunfo del bien ejecutará la obertura 115 de Massenet para flautín, charango y guitarra eléctrica.





Aurea Aetas


Al contrario de lo que se piensa, la gente de la Antigüedad se aburría bastante. Estaba muy al pedo por así decir. Muchos piensan estúpidamente: “No tenían, cine, deportes, libros, computadoras, etc” Pues no, claro que no. No tenían nada de eso. Y tampoco tenían máquinas del tiempo para venir al presente y hacer la comparación de todo lo que no tenían. En fin... Podríamos pensar: “Entonces estaban al tope de su asombro con un hacha de sílex como nosotros lo estamos con un smartphone. Lo cierto es que no. A ver: ¿qué tantas cosas podés hacer con un hacha de sílex? Si, muy pocas. Tres como mucho. Lo más interesante que podía pasar en ese entonces era que un árbol cayera encima de un ciervo o algo así. Y a partir de este alpedismo exacerbado se creo el Gran Consejo de Sabios que no Tienen Nada que Hacer. Así fue como un día en una de las reuniones (se juntaban todos los días, obvio, si estaban al re pedo) Caitir habló con palabras que asombraron a todos. Lo que proponía era una transgresión al alpedismo establecido. Su idea era esculpir piedras gigantescas, trasladarlas cientos de kilómetros y disponerlas en círculos concéntricos. Todo esto, está claro, sin otro motivo que la sobreabundancia de tiempo libre. El discurso de Caitir fue este: “Pensémoslo bien. Puede que la humanidad nunca esté tan al pedo como lo estamos ahora. Los tiempos corren veloces. Todos sabemos que algún tarado inventó la rueda hace poco en Medio Oriente. Antes que nos demos cuenta el hombre va a estar ocupado haciendo cosas necesarias - Ante esas palabras los otros sabios se horrorizaron. Algunos se cubrieron el rostro y un par le tiraron palos y piedritas - Tenemos que aprovechar este momento. Y entonces las generaciones futuras al contemplar nuestra obra podrán decir “¡Qué increíble! ¿Acaso no tenían nada mejor que hacer estas pobres gentes?” No, no tenemos nada mejor que hacer. Tú Ciorstan, sé que has estado intentando contar las estrellas desde hace tres años. Dolag se fue de la aldea tratando de encontrar el lugar de donde viene el viento. Eamuc ya le puso nombre al árbol número 5.207 y piensa seguir con esta tarea. Creo que he sido bastante claro. Sólo espero que lo entiendan” Inspirados por tan sabias palabras, pusieron manos a la obra. Y en un acto de alpedismo monumental construyeron lo que hoy llamamos Stonehenge. Pero estas simpáticas gentes del Neolítico nunca iban a saber que años antes y en tierras distantes se había llevado a cabo un proyecto más ambicioso aún. Impulsados por la vacuidad del desierto fue traída a la existencia la ópera magna del alpedismo en la Tierra: Las pirámides de Egipto.