Estimado
canciller Alexandre du Beauchamp:
Es
bien sabido que todos en esta comunidad tenemos en gran aprecio a su
familia. Pero debo informarle de un singular acontecimiento que tuvo
como protagonista a su hijo Renard. Nos encontrábamos disfrutando de
una fiesta privada en el palacio veraniego de Bernard Lafayette Jr,
el culón. Era de noche, ya los esclavos dormían acurrunchados en
sus madrigueras tras un arduo dia de palear excremento de morsa.
Entre aplausos y nalgadas Madame Pipilión se animó a realizar un
solo de violín. Fue entonces cuando el joven en cuestión prorrumpió
en medio de la sala, en pelotas, cubierto de un líquido negruzco y
con un cisne enredado entre sus piernas. Intentamos abarajarlo sin
éxito. Logró colgarse de un candelabro y comenzó a orinar en
nuestras cabezas desde lo alto. El cisne, entre chillidos, era
revoleado rompiendo jarrones y esculturas. Por fin pudimos darle una
tunda y maniatarlo. Confieso que nos ensañamos un tanto, el barón
Bucard dejó caer sobre el muchacho una estantería y yo le tiré
whisky en los ojos. Renard confesó que estaba en pelotas porque
había desvirgado analmente a la hija del conde Hallouerd, invitada
nuestra. Ella confirmó lo sucedido rengueando por los pasillos
durante los días siguientes. El líquido oscuro en el cuerpo del
muchacho era el resultado de haber chapoteado en todas nuestras
reservas de caviar. El cisne no sabemos de donde salió.
Es
por todo esto estimado Alexandre que me dirijo a usted. Le pido que
venga a buscar al huevonaso de su hijo lo más pronto posible. Lo
encontrará amarrado junto a los cerdos, porque estando atado dentro
se las arregló para meterle la zancadilla a mi abuela, que con sus
117 años se estrelló en el piso como un saco de papas. Ahora la
tenemos en una especie de pecera hasta que se recupere.












