martes, 21 de diciembre de 2021

Sin duda alguna

 

En esos días empecé a sentirme medio mal.. ya venía venir el bajón. Sonó el despertador y pensé en no levantarme. Simplemente quedarme tirado y estar unos días así, sin ganas de nada. Estuve a punto de dejarme llevar por esa espiral descendente hacia una pseudo depresión. Pero un rayo de sol me dió en la cara. Y pensé.. pensé en esas partículas subatómicas que viajaron millones de kilómetros desde una esfera ígnea que flota en la eternidad. Que ese astro, emperador de la luz, viene dándole motivo de admiración a la humanidad desde el principio de los tiempos. Que puedo percibir esa luz porque tengo unos órganos llamados ojos que poseen una complejidad exquisita y que tardaron miles de millones de años en llegar a ser lo que son. Que los ojos de una chica que quise eran azules y que aunque ya no nos hablemos, se que ella por ahí se debe acordar de mi con cariño cuando ve un peluche en forma de tomate que le regalé. Pensé en el azul del mar y que la primera vez que lo vi, me salió una risa involuntaria al ver esa inmensidad inabarcable. Pensé en el agua que encierra el misterio de la vida y que si no me levantaba no iba a poder regar mis pobres plantitas. Pensé que es tan increíble toda la naturaleza: las formas y colores de los minerales, el aroma y la belleza de las plantas, los hábitos y la compañía de los animales. Pensé en la ternura idiótica que me genera acariciar y jugar con Carlitos, el gato de mi familia. Pensé en mi papá, que cada vez que lo cargo con que su hobbie es ir a ver mi auto sin que yo le pida para comprobar que todo esté bien, el se ríe. Pensé en mi mamá, que siempre cocina algo que sabe que me gusta cuando anda de visita. Pensé en mi hermano con el que vivimos tantas aventuras y travesuras de niños. Pensé en mi hermana y que cada vez que veo un meme tierno con gatitos lo guardo porque se que le encantan. Pensé en todos mis amigos y lo feliz que me pone hacerlos reír cada vez que puedo. Pensé en la ricura celestial de la comida, en la hermosura de las nubes, en la alegría de saber que hay unos tipos intergalácticos o interdimensionales dando vueltas en naves desde hace miles de años y todavía nadie sabe bien que quieren. Pensé en todos los libros fantásticos que leí, en todos las canciones orgásmicas que escuché y que en ambos casos quedan miles que me faltan por descubrir. Pensé en todos los lugares únicos que me quedan por conocer en este mundo lleno de misterios. Pensé en todas las hermosas chicas que abracé, besé y con quienes compartí noches y amaneceres. Y ya en ese punto, simplemente todo mi ser rebosaba de las mas potentísima de las energías existentes: gloria al Creador en las alturas, bendito sea el tiempo antes del tiempo, que en su infinita sabiduría decidió dar lugar a esta, la mas increíble de las historias jamás contadas, la historia de la existencia. ¿Cómo me iba a quedar tirado si tengo un corazón palpitante que bombea el sacro fluido vital a este recipiente de inconmensurable sofisticación que hemos llamado cuerpo? ¿Cómo me iba a quedar echado si algún otro ser humano debe andar medio triste y yo puedo ser quien con un pequeño gesto le recuerde que la bondad habita en todos nosotros? ¿Cómo me iba a quedar ahí inerte si con solo decir alguna estupidez ocurrente, puedo hacer brotar la risa de uno de mis seres queridos: siendo ese sonido áureo, bálsamo para mi espíritu? Llegará un día en el que tenga que permanecer inmóvil en un merecido descanso final. Hasta entonces, seguiré participando en esta danza cósmica de la que todos formamos parte. Pues todos los humanos hemos sido arrojados a la existencia como una torta desde una catapulta. Nunca terminamos de entender bien de que va esta cosa llamada vida. Pero acá estamos y como dijera un simpático ser: ¡la puta que vale la pena estar vivo!








Relatos de Álanthar sobre la vida en la Tierra X

 


Álanthar, se que esta misión que te encomiendo es un cogornio, pero sólo tú puedes con ella.” Esas fueron las palabras que me dirigió el comandante de la nave nodriza en la que estoy hace 11000 años. El nombre de mi superior es Irminsúl y hace honor a él (ah cualquiera). La cosa es que yo le dije: “Cero drama, bro. Para eso estamos acá”. A lo que él me respondió: “No seas un ordinario intergaláctico y dirígete a mí de manera respetuosa”. No, mentira nada de eso pasó. Lo que sí pasó es lo de que me encomendó una difícil misión. Ir a destruir la base de los grises del planeta Xlodron. A la cual ya había intentado reducir a cenizas cuánticas en una misión anterior, pero en ese caso todo salió como el sorcho. Mientras ultimábamos detalles de lo que sería el plan para llevar a cabo mi epopéyica campaña, se acercó a nosotros un personaje por todos conocidos en la nave. Se trataba de Denrien-co, un ser solar de inigualables capacidades científicas y creativas. Se aproximó levitando rodeado de un halo de luz dorada y me dijo: “Álanthar, debes empezarte a peinar raya al medio” Re que no fue eso lo que dijo. Me dijo: “Álanthar, sé de la importante labor que realizas desde hace eones combatiendo reptilianos, grises y demás bichas chotísimas que habitan el cosmos. Por eso te he fabricado esta nueva arma. Tienes que posicionar el magneto heptadimensional en la zona de tu corazón. Cada vez que rías, sientas amor o paz; se cargará energía en tu esta escopeta electromagnético-causal. Y de esa forma cuando te encuentres en batalla, al apretar el gatillo, saldrá un bolo de plasma ionizado con energías de alta vibración. Este tipo de energías sintetizadas a partir de emociones purísimamente puras, es terriblemente destructivo para seres de planos oscuros.” Con ese impresionante artilugio me encaminé a abordar mi fiel y peripatética nave, Hakor-Sul. Estuvimos un rato chacoteando y poniéndonos al día, luego le conté lo que teníamos que hacer. Se mostró un tanto reacia, porque la última vez que intentamos destruir esas bases casi nos la dan. Le prometí que al terminar con esta bélica faena sideral, íriamos a ver las guarderias de estrellas en las Pléyades (de paso yo visito a mi novia que vive allá). A lo que Hakor accedió. Me subí en ella, pusimos el campo merkaba a funcionar a 777 hertz y aparecimos instantáneamente en Xlodron. Como ocurre en los viajes interdimensio-espaciotemporales, a nosotros nos pareció que el viaje duró 3 horas. En ese rato recordámos pasadas aventuras con mi nave y nos embambilamos de la risa. Así fue que cuando llegamos al planeta, mi escopeta anidimensional estaba con una carga de una potencia que ni te cuento. Me multipliqué taquionicamente en 44 bases de los nefastos grises al mismo tiempo. Allí los recagué a escopetazos, no quedando ni tan sólo uno de ellos. Pero hubo una base en la que no cesaban de aparecer estas pedórrilas creaturas. Por lo que replegué mis 44 dobles etéricos en mi verdadero yo, el Álanthar original digamos. Y seguía mata que te mata grises. El último que quedaba, apretó un comando antes de que yo lo escopeteara. Y como consecuencia de su vil actuar, vi como una puerta enorme comenzaba abrirse. Sí, lo que salió de ahí era un gigantesco reptiliano de 7 metros de alto, de la casta draconiana. Hedionda criatura si las hay: tanto por su maldad, como por su olor a huevas podridas. Le pegué varios tiros, pero no parecían hacerle nada. Se me había acabado la carga y no se me ocurría que hacer. El bicharrancio se avalanzó sobre mí y yo ya me veía siendo despedazado por esta horrípida criatura. En eso Hakor-sul, se metió entre las patas de la bestia, haciéndola trompezar. Cayó de bruces, dando su cara contra el piso. Tuve una súbita revelación y materializando mi espada de luz crística, le revané la cabeza. Abracé a Hakor y agradecimos al Creador por tal hazaña intergaláctica. En la nave madre nos recibieron con dicha, cháchara y dicharacherismos. Esto es así, los buenos siempre ganamos.