Estos
hechos datan de hace miles de años, cuando la humanidad todavía no
se había vuelto tan cochina ni demente. En ese entonces el cobre era
la última novedad. Todos morían por tener algo de dicho metal y
algunos también morían atravesados por él, como era de esperarse.
La vida era muy distinta. Los cielos eran puros y limpios, el agua
cristalina, los bosques se extendían hasta el horizonte... pero te
podías morir por una caries o diarrea. Nuestra historia gira (y a
veces aletea) en torno a un elfo llamado Norfl. Así es, pocos lo
saben, pero hubo elfos en nuestro planeta hasta que fueron llevados a
la extinción por las bolas de naftalina y los milkshakes en los 50'.
Norfl, en su cualidad de criatura mágica, dedicaba su vida a arrojar
bellotas, piedras o lo que tuviese a mano. Se los lanzaba a los
transeúntes y luego reía taradamente escondido entre los arbustos.
No era mucho, pero eso era su vida. Su padre había hecho lo mismo, y
su abuelo antes que él. Ya entonces era muy común seguir con las
tradiciones establecidas sin cuestionar su por qué...
lamentablemente. Y así fue que este tipo revoleó proyectiles
durante años. Todo esto sucedía en Europa septentrional, donde
habitaba una pluralidad de gentes. Pero el frío clima y otras
factores que iba a nombrar pero que al final no me dieron ganas,
hacían que hubiera un rasgo en común entre estas personas. Su
ferocidad.
Cierta
tarde de invierno Norfl arrojó un huevo podrido. Dicho ovo reventó
en la frente de un guerrero noruego. Y éste a su vez lánzole un
hacha al elfo que, si su memez no hubiese sido tan pronunciada,
habría visto en la mano de su víctima y ahora victimario. Y bue.
Murió. Una muerte sin sentido y patética. Pero así también había
sido su vida. Relacionado a lo narrado, hubo un aporte colateral de
éste personaje a la civilización. Usuarios frecuentes de esos
caminos inventaron el casco. Algo que hoy por hoy salva miles de
vidas. De no creeeer, ¿no?

