Pusimos
la nave a velocidad wanch®. Los zurlongs no podrían alcanzarnos
ahora. Pero el comandante no llegó a abrocharse (el cinturón) antes
de catapultarnos al hiperespacio. Cuando frenamos, el desastre.
Nuestro comandante hecho papilla por la inercia. Pedazos de él por
todos lados. Lo que nos iba a costar limpiar el tablero de mandos.
Justo ahora, para colmo, que estámos peleados con Mirna, la empleada
doméstica aeroespacial. Apareció Xul243, el robot que siempre
acotaba algo. Al ver al hombre muerto dijo: “Defunción de un
tripulante. Iniciando secuenca de llanto. Opciones: a) llanto de
vieja b) llanto de perro c)llanto con abundancia de mocos d) llanto
de...
-¡Pero
callate che robot alcahuetaso!- Lo interrumpí.
A
lo que la máquina se fue llorando ofendida a su habitación
encerrandose de un portazo. Como si fuera una adolescente de una
película yanqui, el muy pelotudo.
Fui
a la despensa y me mandé como 20 de esos cubitos de comida para
astronauta. Los otros ya me habían dicho varias veces que eran una
reserva para casos de emergencia. Qué me importa, que me la fumen.
Al rato me enganché los zúnchulos de seguridad al traje y salí por
la compuerta para flotar un rato en el espacio. Quería relajarme. En
eso veo como se desenganchaban los gánchulos (también llamados
zúnchulos, ñunsios, salumbos o arponetes simples). Vi a través de
una ventanilla como Xul me hacía señas extrañas. Supongo que era
el el equivalente de un “fuck you” para este adefesio robótico.
Robot del orto. Ahora yo me alejaba de la nave con rumbo a la
mísmisima mierda. Xul, que mal que elegimos cuando estábamos entre
comprarte a vos o un mp3 con tostadora integrada.


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