martes, 16 de septiembre de 2014

Donde ningún hombre ha llegado antes


Pusimos la nave a velocidad wanch®. Los zurlongs no podrían alcanzarnos ahora. Pero el comandante no llegó a abrocharse (el cinturón) antes de catapultarnos al hiperespacio. Cuando frenamos, el desastre. Nuestro comandante hecho papilla por la inercia. Pedazos de él por todos lados. Lo que nos iba a costar limpiar el tablero de mandos. Justo ahora, para colmo, que estámos peleados con Mirna, la empleada doméstica aeroespacial. Apareció Xul243, el robot que siempre acotaba algo. Al ver al hombre muerto dijo: “Defunción de un tripulante. Iniciando secuenca de llanto. Opciones: a) llanto de vieja b) llanto de perro c)llanto con abundancia de mocos d) llanto de...

-¡Pero callate che robot alcahuetaso!- Lo interrumpí.

A lo que la máquina se fue llorando ofendida a su habitación encerrandose de un portazo. Como si fuera una adolescente de una película yanqui, el muy pelotudo.

Fui a la despensa y me mandé como 20 de esos cubitos de comida para astronauta. Los otros ya me habían dicho varias veces que eran una reserva para casos de emergencia. Qué me importa, que me la fumen. Al rato me enganché los zúnchulos de seguridad al traje y salí por la compuerta para flotar un rato en el espacio. Quería relajarme. En eso veo como se desenganchaban los gánchulos (también llamados zúnchulos, ñunsios, salumbos o arponetes simples). Vi a través de una ventanilla como Xul me hacía señas extrañas. Supongo que era el el equivalente de un “fuck you” para este adefesio robótico. Robot del orto. Ahora yo me alejaba de la nave con rumbo a la mísmisima mierda. Xul, que mal que elegimos cuando estábamos entre comprarte a vos o un mp3 con tostadora integrada.  




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