Nunca terminamos de entender como un vendedor ambulante de chicharrón acabó siendo la autoridad a cargo de un grupo de investigación científica. Hernando vendía lo suyo al frente del INRI (Investigation on Nanoparticles Röemer Institute). El tipo tenía mucho carisma. Después de un tiempo empezó a indicarnos como estacionar los autos. Uno le daba bola porque él estaba muy seguro de lo que hacía. Aunque te ibas del trabajo y veías que el estacionamiento era un quilombo. Pero por algo uno le seguía dando cabida a Hernando. Muchos compañeros del instituto le confiaban asuntos personales. Y estaban muy contentos con los consejos que él les daba. “Permítase de vez en cuando manotear un dátil de la palmera. Agárrese a una de las amigas de su hija. Si usted está soltero: ¿cuál hay?”, escuché que le decía una vez a Victor, el especialista en fotones. Tanta seguridad emanaba de Hernando que un día el Director General le pidió ayuda en un estudio sobre la naturalza del Bosón de Higgs. El equipo técnico tenía sus dudas, pero el DG los tranquilizó diciéndoles “No se preocupen, es Hernando”. No era lo que se dice un verdadero argumento, pero es cierto, era Hernando. No hacía falta decir mucho más. Después a todos nos sorprendió darnos cuenta que dabamos por seguro que él iba a resolver el problema de aplicación teórico, cuando lo único que verdaderamente sabía hacer era pan con grasa adentro. Fue un desastre. Introducimos los cálculos de Hernando en el Colisionador de Hadrones. Casi antes de apretar enter, la máquina ya estaba explotando. Voló todo en pedazos. Murieron varios colegas y también nuestro tan estimado vendedor de chicharrones. Cuando en casa conté lo sucedido, mi hija de 5 años me miró entre sorprendida e indignada y me dijo “¡Y si papá, ese señor ni fue a la escuela! ¿¡Qué iba a saber él?!”. “Qué increíble” pensé, a veces los niños pueden ver las cosas más complejas con tanta claridad...
domingo, 9 de noviembre de 2014
En su momento tuvo sentido
Nunca terminamos de entender como un vendedor ambulante de chicharrón acabó siendo la autoridad a cargo de un grupo de investigación científica. Hernando vendía lo suyo al frente del INRI (Investigation on Nanoparticles Röemer Institute). El tipo tenía mucho carisma. Después de un tiempo empezó a indicarnos como estacionar los autos. Uno le daba bola porque él estaba muy seguro de lo que hacía. Aunque te ibas del trabajo y veías que el estacionamiento era un quilombo. Pero por algo uno le seguía dando cabida a Hernando. Muchos compañeros del instituto le confiaban asuntos personales. Y estaban muy contentos con los consejos que él les daba. “Permítase de vez en cuando manotear un dátil de la palmera. Agárrese a una de las amigas de su hija. Si usted está soltero: ¿cuál hay?”, escuché que le decía una vez a Victor, el especialista en fotones. Tanta seguridad emanaba de Hernando que un día el Director General le pidió ayuda en un estudio sobre la naturalza del Bosón de Higgs. El equipo técnico tenía sus dudas, pero el DG los tranquilizó diciéndoles “No se preocupen, es Hernando”. No era lo que se dice un verdadero argumento, pero es cierto, era Hernando. No hacía falta decir mucho más. Después a todos nos sorprendió darnos cuenta que dabamos por seguro que él iba a resolver el problema de aplicación teórico, cuando lo único que verdaderamente sabía hacer era pan con grasa adentro. Fue un desastre. Introducimos los cálculos de Hernando en el Colisionador de Hadrones. Casi antes de apretar enter, la máquina ya estaba explotando. Voló todo en pedazos. Murieron varios colegas y también nuestro tan estimado vendedor de chicharrones. Cuando en casa conté lo sucedido, mi hija de 5 años me miró entre sorprendida e indignada y me dijo “¡Y si papá, ese señor ni fue a la escuela! ¿¡Qué iba a saber él?!”. “Qué increíble” pensé, a veces los niños pueden ver las cosas más complejas con tanta claridad...
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