martes, 22 de septiembre de 2015

Cosas de chicos


Aquél verano si que estuvimos al pedo. O bien fue el exceso de horas jugando al Family o ver todos los capítulos de los Halcones Galácticos en 6 horas enflaneció nuestros cerebros. Lo cierto es que ya no teníamos que carajo hacer. Y como ustedes bien sabrán, el alpedismo es la fuente de todos los males. No tuvimos mejor idea que ir a jugar al juego de la copa (redundante, lo sé). Elegimos la casa más antigua y abandonada que encontramos en nuestro desabrido pueblo. Entre puteadas, amenazas con palos y rociadas de Raid, echamos a un vagabundo que dormía allí. Comenzamos por fin. Al ver que pasaban las medias horas sin ninguna manifestación del otro mundo, perdimos el control e hicimos cualquiera (como era de esperarse). A la copa la llenamos con birra. Rompimos varios objetos ancestrales con la esperanza de molestar a quienes fueron sus dueños alguna vez. El gordo Luis, picado, gritaba agitando a los espíritus a que “hagan algo, muevan el orto”. Después se dedicó a orinar en un daguerrotipo, en donde se veía a una señora con cara de culo (el clásico semblante de aquellas épocas). De repente nuestro amigo empezó a hablar en italiano con una voz que no era la suya. También se le pusieron en blanco los ojos. Salimos rajando, claro está.
Al día siguiente nos enteramos que Luis no había vuelto a su casa. Así que fuimos al lugar de los hechos. Pero esta vez al mediodía, con linternas de sobra, varias Biblias y una foto que Hernán llevó de su mamá con el Papa. Llegamos. Al principio tardamos en entender lo que pasaba. En el lugar se había montado una cocina. Había fuentes llenas de gnocci, malfatti, vermicelli, y demás tipos de pasta desconocidos. Luis, siempre hablando en italiano nos abrazó, besó e invitó a comer. Intentamos explicarle que sus viejos estaban preocupados. Pero insistía e insistía. Tuvimos que almorzar ahí. Estaba claro. Ridículo y anormal, pero claro. El gordo Luis había sido poseído por el ánima de la típica abuela tana, que preparaba dichosamente cantidades industriales de comida.
Cuando los exorcismos y demás técnicas fallaron, aceptamos lo inevitable. Dicen que si la vida te da limones, hay que hacer limonada. A nosotros nos dio un amigo poseído por una señora que ama cocinar. Así que abrimos un restaurante italiano con los chicos. A Luis se lo ve bien, ya dio varios seminarios y hace poco lo llamaron para que conduzca un programa en Utilísima. 



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