Aquél
verano si que estuvimos al pedo. O bien fue el exceso de horas
jugando al Family o ver todos los capítulos de los Halcones
Galácticos en 6 horas enflaneció nuestros cerebros. Lo cierto es
que ya no teníamos que carajo hacer. Y como ustedes bien sabrán, el
alpedismo es la fuente de todos los males. No tuvimos mejor idea que
ir a jugar al juego de la copa (redundante, lo sé). Elegimos la casa
más antigua y abandonada que encontramos en nuestro desabrido
pueblo. Entre puteadas, amenazas con palos y rociadas de Raid,
echamos a un vagabundo que dormía allí. Comenzamos por fin. Al ver
que pasaban las medias horas sin ninguna manifestación del otro
mundo, perdimos el control e hicimos cualquiera (como era de
esperarse). A la copa la llenamos con birra. Rompimos varios objetos
ancestrales con la esperanza de molestar a quienes fueron sus dueños
alguna vez. El gordo Luis, picado, gritaba agitando a los espíritus
a que “hagan algo, muevan el orto”. Después se dedicó a orinar
en un daguerrotipo, en donde se veía a una señora con cara de culo
(el clásico semblante de aquellas épocas). De repente nuestro amigo
empezó a hablar en italiano con una voz que no era la suya. También
se le pusieron en blanco los ojos. Salimos rajando, claro está.
Al
día siguiente nos enteramos que Luis no había vuelto a su casa. Así
que fuimos al lugar de los hechos. Pero esta vez al mediodía, con
linternas de sobra, varias Biblias y una foto que Hernán llevó de
su mamá con el Papa. Llegamos. Al principio tardamos en entender lo
que pasaba. En el lugar se había montado una cocina. Había fuentes
llenas de gnocci, malfatti, vermicelli, y demás tipos de pasta
desconocidos. Luis, siempre hablando en italiano nos abrazó, besó e
invitó a comer. Intentamos explicarle que sus viejos estaban
preocupados. Pero insistía e insistía. Tuvimos que almorzar ahí.
Estaba claro. Ridículo y anormal, pero claro. El gordo Luis había
sido poseído por el ánima de la típica abuela tana, que preparaba
dichosamente cantidades industriales de comida.
Cuando
los exorcismos y demás técnicas fallaron, aceptamos lo inevitable.
Dicen que si la vida te da limones, hay que hacer limonada. A
nosotros nos dio un amigo poseído por una señora que ama cocinar.
Así que abrimos un restaurante italiano con los chicos. A Luis se lo
ve bien, ya dio varios seminarios y hace poco lo llamaron para que
conduzca un programa en Utilísima.

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