El
susodicho se encontraba recapacitando en una coyuntura
socio-mercantil. Al momento de trasponer la carpeta asfáltica, un
malviviente se apercibe de la probabilidad posible de una sucinta
víctima. De esta manera procede al latrocinio y ecolocalización del
mismo. Mediante una maniobra de tergiversación, embucha al
proletario en cuestión y lo circunscribe de manera irrefrenable. El
interpelado logra anteponerse de manera estoica y realiza un grito de
alarma o chillido de cuis, como se lo conoce vulgarmente. Así es
como un agente de la policía de Córdoba experimenta una epifanía
postmoderna y acude en socorro del sodomizado. Finalmente el villano
es aprehendido, coaccionado y puesto en baño maría de manera
inmediata.

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