… así
pues numerosos pueblos cruzaron el Rin chapoteando (y algunos
inclusive patinándose): los bovios, flunios, eréctanos, papios,
herzios y aún también los garlonios. Dieron en acurruncharse y
enpelotonarse en un valle al sur de Treveris. Dispuso entonces César
que lo más oportuno sería revolear a aquellas de allí. Ya que sino
desbarataba a esta rebelión de piringundines, podía ser que luego
se le adviniese la Galia toda como chancho a los choclos. Así pues
ordenó que se aprontasen la legión octava, undécima y la nonagésima
cuarta; esta última tenida en gran estima por haber trasvasado,
penetrado y empernado bárbaros en no pocas batallas. Luego de tres
días de marcha, César advierte que ha elegido la montura que le da
comezón en el trasero, pero ya nada puede hacerse. Llegados a
destino, se levanta el foso y se cava la empalizada. A la hora tercia
un pequeño destacamento de legionarios parte con la misión de
socabrear al enemigo. Así lo hacen, arrojando dardos, bolas y cosos.
Los bárbaros encebados y alzados, lanzan su ataque. Nuestra cohorte
se arrefugia rápidamente en las fortificaciones. Había sido
ocurrencia del centurión Tito Peluccio, el untar con brea los bordes
del foso. De manera que los atacantes, al no cognocer dicha
estratablema, refalan por cientos. Así es como son acribillados y
prácticamente reventados, pocos son los que huyen ya maltrechos y
desinflados. Retorna triunfante César a Roma, donde el Senado
declara 20 días de fiesta; donde decenas de esclavos son amasijados
para fanfarria del pueblo.

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