Esta
es la historia de como llegué a habitar en esa raza irrisoria, esa
raza tan tomateada por todos en el Cosmos.. sí, la raza humana.
Decidí materializar un cuerpo físico en la zona que llaman desierto
del Bobi o Gobi.. algo así. Allí, como todos sabrán, se encuentra
en otro plano (y en otro ancho) la Gran Hermandad Blanca. Esperaba
pasar un tiempo adaptándome en ese lugar, tal vez ingiriendo comida
chatarra y viendo pornografía para irme aclimatando. Cierto día me
dejé llevar demasiado por mis actividades masturbatorias y no
escuché que alguien se acercaba a mi habitáculo. El Maestro me
agarró cacheteando el ganso. Me miró y me dijo “Rajá de acá,
payaso intergaláctico”. Me fui dichoso, pues esto era un gran
comienzo. ¡Que forma más humana de arrancar mi aventura que
decepcionándome a mi mismo y a los que confiaban en mi! Viví entre
estos desdichados seres unos cuantos siglos. Va, unos 50 años los
pasé en el caribe con un rebaño de ballenas. Pero no gambetiemos de
mi punto. Llegué a conocer al hombre. Pude conocer sus propósitos,
sus motivaciones, sus anhelos, sus miedos y esa titilante luz eterna
que lleva dentro de sí y tanto le cuesta manifestar. Son capaces de
los hechos más aberrantes y espantosos así como de los más
sublimes y puros. Antes temía por estos bebuchos, pero ahora sé que
todas mis estadísticas, mis cálculos zomboidales y mis predicciones
horangélicas estaban erradas. Como siempre pasa en esta Creación,
la luz triunfará finalmente entre estos -por el momento- ñatos de
corazón. Pero ha llegado la hora de irme, he de eyectarme de este
cochino mundillo del que me he encariñado tanto. Me pueden encontrar
en la galaxia de Órvonton donde me dedicaré a germinar estrellas y
ha desintegrar reptilianos.

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