lunes, 1 de mayo de 2023

Deposita todo tu amor en mí

 

Hoy hablaremos de un suceso que dió en acontecer en mi vida en el año 1981. Me encontraba viajando por tierras escandinavas por una cuestión laboral. Llegué a Suecia y elegí rápidamente un hotel para pasar la noche. Estaba cansado de tanto viajar, porque mi actividad requería que esté visitando clientes de nuestra empresa en persona. Me bañé, comí algo y luego me fui a acostar.

Entonces tuve un sueño de lo más peculiar: Estaba sólo en un bosque cuando de pronto escuchaba un sonido como el zumbido de abejas. Algo en mi interior me hizo mirar al cielo. Y vi un haz de luz dorada que pasó rápidamente y luego descendió. Casi al mismo tiempo, un extraño sentir me hizo bajar la vista. Ahí fue cuando los vi. Eran cuatro “personas”, dos hombres y dos mujeres. Todos ellos tenían trajes dorados ceñidos al cuerpo. Eran llamativamente bellos, sus rasgos y facciones de una armonía que nunca había visto en un ser humano. Su presencia me hizo sentir una gran paz que jamás había sentido en mi vida. De esa escena, pasamos a estar todos sentados en una mesa circular. Ahora estábamos adentro de una “habitación” con paredes que se curvaban hasta llegar al piso, como si de un domo se tratara. Había una luz blanca y uniforme que iluminaba todo. Uno de los seres comenzó a hablar: “Ve al concierto que una banda musical de gran renombre dará mañana en Estocolmo”. Sentí que los cuatro seres me decían esto al unísono, de manera que la conjunción de sus voces sonaba de una manera extraordinariamente hermosa. Noté que no abrieron sus bocas para comunicarme el mensaje. Yo los escuché dentro de mi cabeza y, aunque suene raro, los escuché en mi corazón al mismo tiempo también. Cuando desperté de ese sueño, vi que hora marcaba el reloj y eran las 1:37 de la mañana. Obviamente estaba sorprendido por lo que soñé, puesto que todo fue muy vívido. Era como si yo realmente hubiera vivido esa experiencia y no que fuera un sueño. Me volví a dormir. Al otro día, después de terminar con mi jornada laboral, me dirigí hacia un local donde vendían entradas para eventos culturales. Pregunté cual era la banda más conocida que iba a tocar en esos días. El vendedor me miró con cara de que yo vivía en otro planeta y me dijo: El grupo ABBA toca mañana a las 19 hs. Yo lo dudé unos momentos y después compré la entrada, puesto que sería un día sábado y en ese día no tenía que trabajar. “No pierdo nada” pensé. Si bien me sonaba de nombre esa banda y había escuchado un par de sus temas, no es que me volvía loco la música que hacían. Así fue como fui al concierto. La verdad que me iba gustando bastante. Cuando empezaron a tocar “Lay All Your Love On Me”, sucedió algo extraordinario. Sentí que el mundo se puso en pausa y comencé a experimentar una sensación de paz y amor que era igual a la que había tenido en sueños un par de noches atrás. Era algo indescriptiblemente hermoso. Al terminar el concierto se me acercó uno de los trabajadores del evento y me dijo: “Los chicos quieren hablar con vos”, se estaba refiriendo a los integrantes de ABBA para mi gran asombro. El muchacho me guió hasta su camerino y me abrió la puerta para que pase. Los cuatro integrantes de la banda me miraron como si ya me conocieran. Luego, el vocalista me habló dirigiéndose por mi nombre: “Lo que tuviste esa noche, no fue un sueño. La gente cree que solo hacemos lindas canciones. Pero nuestra misión en el planeta es otra. Se trata de ayudar a que la raza humana evolucione espiritualmente. Puedes dar testimonio de lo que te pasó. Ahora sabés que la humanidad no está sola en su lucha. Y también sabes que tú no estás solo en este duro mundo. Siempre que lo necesites, puedes contar con nosotros. Aquí te dejo el número de cada uno de nosotros.” Asombrado y en casi un estado de shock, les agradecí entre lágrimas. Cada uno de ellos me dió un abrazo de despedida. Salí del camerino y empecé a caminar hacia mi auto. Una vez en él, me quedé pensando en todo lo que me había pasado. Era algo demasiado increíble y hermoso para ser cierto, pero lo era. De repente me di cuenta de algo. Agarré el papel donde había anotado sus teléfonos. Todos terminaban en 137. No pude evitar largar una carcajada, luego arranqué el coche y me fui manejando hacía el hotel con el corazón al borde de explotar de felicidad.











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