sábado, 12 de julio de 2014

Así habló


Creí que retirándome a vivir en las montañas encontraría paz. No sólo eso, en este lugar pensaba liberar mi espíritu de las impurezas que manchan a todos los hombres. Pero mis experiencias aquí se han tornado infructuosas para tales propósitos. Y de tal forma llegué a entender que siempre caminaría entre pelotudos... Con la fría luz del amanecer mi mente se iluminó con esta revelación. En parte porque ya le había dicho 14 veces a la hija del leñador que no quería que me traiga comida. Y al atravesar el umbral de mi caverna, ahí estaba ese puto plato de metal otra vez rebosante de alimentos. ¿Por qué no podía entender la muy infeliz que yo había decidido llevar una vida de ascetismo? Mi meta era vivir 30 años sin contacto con otros seres humanos. Y cada vez que me dejaba esas viandas tenía que empezar la cuenta de nuevo... También me visitaron dos veces los testigos de Ahura Mazda. No creí que existieran personas tan insistentes e insoportables en este mundo. En cierto momento de su monólogo creí colapsar. A punto estuve de empujarlos al abismo que se abre cerca de mi morada. Y hace un par de días vinieron unos funcionarios y delegados del rey Assurbanipal. Me explicaron que la caverna en donde vivo es parte del territorio asirio. Por lo que debería pagar un alquiler mensual. Bajo, está claro, porque es una sucia oquedad entre las rocas ubicada en el medio de la nada. Pero debo pagar igual, enfatizaron. O la próxima vez además de funcionarios y delegados vendrían también soldados.

Entonces dirigí mis palabras al más glorioso ser de la creación. A aquél que habita el firmamento, inmaculado y excelso. “Oh Astro Rey: calcíname de una vez con un haz de luz dorado. Libérame de una vida rodeada de pelmazos. Abrásame con una llamarada y desintegra hasta la última partícula de este cuerpo. Aléjame para siempre de la opresión de esta humanidad imbécil hasta el asombro. Hazme desaparecer de este mundo con una exhalación de tu ígnea naturaleza. Insufla este envoltorio carnal con tu esencia aurífera y hazme estallar por los aires”.

Los fieles de Ahura Mazda se acarcaban en ese momento y se dijeron entre sí: “¡Este es el momento! ¡Ahora va a abrazar nuestro credo!


El Sol. Aquél majestuoso ser no solo se encontraba lejos físicamente. Habitaba un plano de la existencia tantísimo más vasto y elevado que el nuestro. Siempre embelesado con la música de las esferas. Casi con total desinterés e indiferencia dirigió su mirada a Zaratustra. Y el hombre dejo de existir. ¡Pero que grande era la dicha de su espíritu ahora! El Sol, al ver semejante alegría, también se regocijó y pensó: “Para mí significaba tan poco y para el tanto...”.







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