Creí
que retirándome a vivir en las montañas encontraría paz. No sólo
eso, en este lugar pensaba liberar mi espíritu de las impurezas que
manchan a todos los hombres. Pero mis experiencias aquí se han
tornado infructuosas para tales propósitos. Y de tal forma llegué a
entender que siempre caminaría entre pelotudos... Con la fría luz
del amanecer mi mente se iluminó con esta revelación. En parte
porque ya le había dicho 14 veces a la hija del leñador que no
quería que me traiga comida. Y al atravesar el umbral de mi caverna,
ahí estaba ese puto plato de metal otra vez rebosante de alimentos.
¿Por qué no podía entender la muy infeliz que yo había decidido
llevar una vida de ascetismo? Mi meta era vivir 30 años sin contacto
con otros seres humanos. Y cada vez que me dejaba esas viandas tenía que empezar la cuenta de nuevo... También me visitaron dos veces los
testigos de Ahura Mazda. No creí que existieran personas tan
insistentes e insoportables en este mundo. En cierto momento de su
monólogo creí colapsar. A punto estuve de empujarlos al abismo que
se abre cerca de mi morada. Y hace un par de días vinieron unos
funcionarios y delegados del rey Assurbanipal. Me explicaron que la
caverna en donde vivo es parte del territorio asirio. Por lo que
debería pagar un alquiler mensual. Bajo, está claro, porque es una
sucia oquedad entre las rocas ubicada en el medio de la nada. Pero
debo pagar igual, enfatizaron. O la próxima vez además de
funcionarios y delegados vendrían también soldados.
Entonces
dirigí mis palabras al más glorioso ser de la creación. A aquél
que habita el firmamento, inmaculado y excelso. “Oh Astro Rey:
calcíname de una vez con un haz de luz dorado. Libérame de una
vida rodeada de pelmazos. Abrásame con una llamarada y desintegra
hasta la última partícula de este cuerpo. Aléjame para siempre de
la opresión de esta humanidad imbécil hasta el asombro. Hazme
desaparecer de este mundo con una exhalación de tu ígnea
naturaleza. Insufla este envoltorio carnal con tu esencia aurífera y
hazme estallar por los aires”.
Los
fieles de Ahura Mazda se acarcaban en ese momento y se dijeron entre
sí: “¡Este es el momento! ¡Ahora va a abrazar nuestro credo!
El
Sol. Aquél majestuoso ser no solo se encontraba lejos físicamente.
Habitaba un plano de la existencia tantísimo más vasto y elevado
que el nuestro. Siempre embelesado con la música de las esferas.
Casi con total desinterés e indiferencia dirigió su mirada a
Zaratustra. Y el hombre dejo de existir. ¡Pero que grande era la
dicha de su espíritu ahora! El Sol, al ver semejante alegría, también
se regocijó y pensó: “Para mí significaba tan poco y para el
tanto...”.



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