Y
estando sentados a la luz del fuego, Aeskil le preguntó a Ingvar
mientras este afilaba su espada:
-
“¿Pero cómo es que logras sobrevivir estando tantas veces al
borde de la muerte?”
-
“Pues verás querido amigo... hace mucho tiempo fui a cazar con mi
padre. Él sabía de mi tristeza por una chica a la que poco le interesaba mi existencia. Mientras contemplábamos el atardecer y las nubes bañadas por los últimos rayos del sol, me dijo:
'Algún día en algún lugar de este mundo vas a encontrar a esa
mujer que nació para acompañarte. Hasta entonces, en lo profundo de
tu ser siempre habrás de sufrir' Dicho esto mi padre se pedorreó
ruidosamente, pero creo que eso no era parte del mensaje.
Es
por eso que no puedo permitirme morir, tengo que encontrarla o nunca
voy a estar en paz. Lo peor de todo es que sé que hasta ese día
ella también sufre. No tengo elección, tengo que mantenerme con
vida para seguir buscándola...”
Aeskil
ahora tenía el casco puesto para esconder sus ojos llenos de
lágrimas. Varios guerreros se habían acercado a oír el relato.
Lloraban como chicuelas en una fiesta de quince cuando pasan el video
ese hecho en power point.
Es
que además los forros de los trovadores en medio de la historia se
habían puesto a tocar una canción triste. Y en el
silencio de la noche, bajo el cielo rebosante de estrellas todos
parecían haber sido tocados por el relato. No hubo ningún
comentario al estilo de “¡Pero a vos lo que te falta es ponerla,
Ingvar!” de parte de los desubicados de siempre. Todos estaban
pensando en alguien que quisieron, querían o les gustaría querer.
Ingvar lloraba en silencio. Por alguna razón u otra nunca había
encontrado a esa persona que lo completara. Todo lo que ansiaba era
poder verla reír, caminar entre los árboles en su compañía o
sentir el olor de su pelo mientras la abrazaba. Él tenía
esperanzas... Pero no era nada fácil vivir lleno de dolor por ese
vacío que lo acompañaba desde hace tanto. Ingvar enjugó sus
lágrimas y siguió afilando su arma.
"Tengo un buen motivo por el que vivir...", pensó.
"Tengo un buen motivo por el que vivir...", pensó.


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