martes, 16 de junio de 2015

El descenso infinito


Que no nos engañen las múltiples teorías, abordajes, paradigmas o que se yo que carajo que pudiera haber. La verdad es una sola. Casi la totalidad de las veces que hay un acercamiento de un hombre hacia una mujer (llamadas, miradas, gestos de “bondad”, acotaciones sobre el clima, etc, etc) el propósito es uno y sólo uno. El efectivo ensartamiento, la final penetración de dicha fémina. Y he aquí lo referente a la naturaleza demoníaca del hombre (si bien está bastante claro que con ellas pasa igual, hoy hablaremos de lo competente al varón). Es esta condición de seres eternamente esclavizados a los deseos de la carne la que nos transforma en lo que somos.
De repente se me viene a la cabeza la siguiente imagen. Un chico chateando con una chica. Ella no lo sabe (en realidad si, pero la historia es mas divertida contada como quiero). Pero del otro lado, si alguien pudiera observar a este muchacho con unos binoculares especiales, lo vería como en realidad es: una entidad maléfica y espantosa, consumiéndose en las llamas de la fruición. Arrastrada por los impulsos que provienen de los abismos infernales de su ser. Que entre borborigmos y gorgoteos de oscuro placer intenta doblegar la voluntad de su víctima por todo medio a su alcance. El hombre es un demonio que jamás deja de actuar en pos de entregarse al placer de los sentidos. Y entre ellos se encuentra la maldición mas grande, la que lo arrastra por este mundo sin permitirle nunca encontrar la paz. El sexo. Esa obsesión adictiva que nos hace actuar como criaturas del inframundo. Desde el día en que se despierta la pérfida llama del deseo en nosotros, estamos condenados. Ya nunca podremos disfrutar de esa hermosa tranquilidad que nos daba la inocencia. De ahora en más nuestra meta y fijación serán las mujeres. Habremos caído en la perdición. Caminaremos por esta vida abrasados internamente por el fuego devorador de nuestros apetitos mas bajos. Ya sea que estemos en un avión cayéndose, un bautismo, una cena de amigos, un viaje o donde sea y cuando sea; lo primordial, lo primigenio que nazca de nosotros será ver a cual le damos. Con cual nos gustaría yacer, revolcarnos como inicuas criaturas que somos. Es la esencia de este plano material la que nos hace así. Este plano denso y físico, en el que tenemos envolturas de carne, nos convierte en prisioneros dentro de nosotros mismos.
Pero, oh Gloria in Excelsis Deo, un día abandonaremos este mundo de polvo. Nos alzaremos entonces como radiantes y excelsos seres. Puros y prístinos de vuelta, como ya habíamos olvidado que éramos. Y entre loas de puro éxtasis espiritual celebraremos haber encontrado la paz largamente anhelada. Seremos entonces en la perfección de la androgeneidad. Nada de apéndices, bultos ni tubérculos que nos hagan desquiciar. No señor. Solo nuestras voces inundando la eternidad con cánticos de alabanza. Y la inconmensurable dicha de jugar como niños en los jardines del Creador. 





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