Que
no nos engañen las múltiples teorías, abordajes, paradigmas o que
se yo que carajo que pudiera haber. La verdad es una sola. Casi la
totalidad de las veces que hay un acercamiento de un hombre hacia una
mujer (llamadas, miradas, gestos de “bondad”, acotaciones sobre
el clima, etc, etc) el propósito es uno y sólo uno. El efectivo
ensartamiento, la final penetración de dicha fémina. Y he aquí lo
referente a la naturaleza demoníaca del hombre (si bien está
bastante claro que con ellas pasa igual, hoy hablaremos de lo
competente al varón). Es esta condición de seres eternamente
esclavizados a los deseos de la carne la que nos transforma en lo que
somos.
De
repente se me viene a la cabeza la siguiente imagen. Un chico
chateando con una chica. Ella no lo sabe (en realidad si, pero la
historia es mas divertida contada como quiero). Pero del otro lado,
si alguien pudiera observar a este muchacho con unos binoculares
especiales, lo vería como en realidad es: una entidad maléfica y
espantosa, consumiéndose en las llamas de la fruición. Arrastrada
por los impulsos que provienen de los abismos infernales de su ser.
Que entre borborigmos y gorgoteos de oscuro placer intenta doblegar
la voluntad de su víctima por todo medio a su alcance. El hombre es
un demonio que jamás deja de actuar en pos de entregarse al placer
de los sentidos. Y entre ellos se encuentra la maldición mas grande,
la que lo arrastra por este mundo sin permitirle nunca encontrar la
paz. El sexo. Esa obsesión adictiva que nos hace actuar como
criaturas del inframundo. Desde el día en que se despierta la
pérfida llama del deseo en nosotros, estamos condenados. Ya nunca
podremos disfrutar de esa hermosa tranquilidad que nos daba la
inocencia. De ahora en más nuestra meta y fijación serán las
mujeres. Habremos caído en la perdición. Caminaremos por esta vida
abrasados internamente por el fuego devorador de nuestros apetitos
mas bajos. Ya sea que estemos en un avión cayéndose, un bautismo,
una cena de amigos, un viaje o donde sea y cuando sea; lo primordial,
lo primigenio que nazca de nosotros será ver a cual le damos. Con
cual nos gustaría yacer, revolcarnos como inicuas criaturas que
somos. Es la esencia de este plano material la que nos hace así.
Este plano denso y físico, en el que tenemos envolturas de carne,
nos convierte en prisioneros dentro de nosotros mismos.
Pero,
oh Gloria in Excelsis Deo, un día abandonaremos este mundo de polvo.
Nos alzaremos entonces como radiantes y excelsos seres. Puros y
prístinos de vuelta, como ya habíamos olvidado que éramos. Y entre loas de puro éxtasis espiritual celebraremos haber encontrado
la paz largamente anhelada. Seremos entonces en la perfección de la
androgeneidad. Nada de apéndices, bultos ni tubérculos que nos hagan desquiciar.
No señor. Solo nuestras voces inundando la eternidad con cánticos de
alabanza. Y la inconmensurable dicha de jugar como niños en los
jardines del Creador.

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