martes, 16 de junio de 2015

Libre


Decidí entonces abandonar la civilización. Con lágrimas en los ojos miré las lejanas luces de la ciudad y me interné en el bosque. Las primeras semanas fueron difíciles. Una manada de castores me amenazó: si no les daba una mensualidad de arándanos, hongos y joyas; me quebrarían las piernas. Pero por suerte Animal Planet y Cesar Millán me habían preparado para esto. Oriné en el rostro del macho alfa y luego lo sometí analmente hasta su muerte. Quedé al mando del grupo. A la semana murieron todos. Los convencí de que intentáramos cazar a un alce que estaba en celo hace 8 meses y ya se había puesto insoportable. Nos reventó. Solo sobrevivimos Cocolito y yo, a cuya madre asistí durante su parto. También fui yo quien la asesinó accidentalmente al pisarla, mientras escapaba de hacerle ring-raje a un oso. ¡Qué feliz que era cuando no me cagaba de frío, hambre, algún animal me perseguía para comerme o esa puta urraca intentaba anidar en mi barba!
Con Cocolito creé un vínculo hermoso pero, por supuesto, me lo terminé morfando.
Un día mientras veía el atardecer y la brisa vespertina acariciaba mis nalgas, me di cuenta que no regresaría nunca más. Calculo que en casa se siguen preguntando adonde mierda fui a comprar facturas que todavía no vuelvo... 



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