Les
voy a contar una linda historia. Acerca de un chico bueno. Que de muy
chiquito leyó en un Libro las siguientes palabras “Apártate del
mal y haz el bien, busca la paz y síguela”, “Y no nos cansemos
de hacer el bien, pues a su tiempo, si no nos cansamos, segaremos”,
“Se fiel hasta la muerte” “y conoceréis la verdad, y la verdad
os hará libres”
Por
algún motivo esas palabras resonaron en lo profundo de su ser. Fueron
guía en su vida.
A
veces como todos, la cualquiereaba. Hizo algún chiste riéndose de
otro (no con), se hizo el dormido en el colectivo para no dar el
asiento, se morfó el ultimo pedazo de cheesecake sabiendo que su
hermana todavía no lo había probado, etc. Pero siempre que podía
ayudaba a los demás.
Nunca
entendió del todo de que trataba todo esto. Como nadie lo hizo nunca.
Pobres, pobres los humanitos. Tan confundidos y siempre sufriendo. Es
bastante extraño esto de estar vivos. Sonreímos como imbéciles en
todas las fotos, ¿tratando de mostrar que? ¿Qué somos felices?
Pero desde que nacemos andamos de acá para allá con un vacío
interior que nada parece llenar.
Este
muchacho deseaba poder ayudar a los demás seres humanos realmente.
Pues sabía que en el fondo sufrían tanto como el. Pero bueno, no
podía. Solo era una persona más. Le hubiera gustado poder revivir a
los seres queridos que mueren. Terminar con el dolor. Que todo fuera distinto. Pero no podía. Le gustaría haber
podido solucionar el hambre, las guerras, la pobreza, el problema de
las drogas, la trata de personas y todo lo que afligía a la humanidad.
Pero no podía. Tan sólo era un hombre con buenas intenciones.
Entonces
ahí desde su lugar, hacia lo que sí podía. Esperando que el día que se
disolviera en la Luz Eterna, pueda sentir que hizo todo lo que estaba en sus manos.
Que cada persona que lo conoció, recibió algo bueno suyo. Que
todos ellos se alegraban al acordarse de él, de que alguna vez los
hizo reír, les dio una mano en algo y estuvo cuando lo necesitaban. Que su paso por este mundo le
aporto bien a cada uno que conoció.
Y
así fue. Un día murió. No se construyó una estatua en su honor. En
los libros de Historia no se lo menciona. Pero su aporte al Plan
del que todos formamos parte, fue grande.
Y
en los Cielos, lo recibió Dios mismo con un abrazo.

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