La
batalla terminaba. Ya iban a ser derrotados. Estaban siendo
acribillados. Que pena, una vez más los justos perderian la vida.
Masacrados. Y los sobrevivientes torturados por los guerreros de un
imperio decadente. Un imperio formado por individuos corruptos,
avaros y materialistas. Qué lastima que un poblado de personas
bondadosas, generosas y honestas desapareciera del mundo así, sin
mas. Pero entonces el aire comenzó a vibrar extrañamente. Luego el
tronar y una luz cegadora. Allí en el medio del campo de batalla
apareció una figura singular. Un guerrero que emanaba poder.
Todos
los soldados sintieron sorprendidos una Presencia rebosante de
energía. La temperatura aumento anormalmente y el aire crepitaba.
Luego quien después fue llamado el "mensajero", comenzó su faena.
Mataba con una violencia vertiginosa, sobrehumana. Pronto las tropas
enemigas se organizaron. Se dispusieron en formaciones de batalla e
intentaban aniquilarlo, aplastarlo. Pero nada lo podía detener. La
desesperación y el espanto los invadía. Y el seguía matándolos,
maquinalmente, sin pausa. El ruido de escudos, armaduras y huesos
rotos parecía no terminar nunca. Era apenas un muchacho alto, no
demasiado musculoso, con tan solo una túnica blanca por vestimenta.
Ni siquiera iba calzado. Pero mataba hombre tras hombre con la
facilidad que una guadaña cortaría briznas de pasto. Había tal
brutalidad y fuerza pura en sus puñetazos y patadas, que era algo
hermoso de observar. Ya a su alrededor eran incontables los
cadáveres. Pero aun quedaban miles de combatientes. Cuentan que
durante días los siguió matando. Las lanzas se quebraban, el metal se
doblaba contra su piel. Ese hombre no era un hombre.
Una
vez terminada su misión, se dirigió a la gente del poblado.
“El
Eterno Ser todo lo sabe, todo lo conoce, todo lo ve”

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