Húbose una vez una antiquísima
civilización, hace tantos años que ya hasta me duele el marulo de
tratar de imaginarlo. Estas gentes eran de una raza élfica, feérica.
Correteaban en pelotas por los bosques, se bañaban en manantiales tan fríos que se te arrugaba el upite cuando estabas a 10
metros del cauce, moraban en hogares construidos a partir de una
relación simbiótica con sus queridos hermanos, los seres vegetales.
Vivían entre 500 y 700 años, cantaban canciones hermosas a la luz
de las estrellas, labraban hermosas joyas y forjaban las más
terribles armas (pero sólo para cazar bichas que después se
morfaban). Pero ¡oh! Qué sorpresa. De repente en nuestro mundo
empezaron a aparecer unos tales Homo Sapiens. Estos nuevos guasos
eran de otro palo, muy racionales y destructivos. Así que viendo
como venía la mano, estas antiguas razas élficas decidieron dar un
paso al costado y se escuendieron debajo de la tierra. Aún existen.
Pero cambiaron de forma y son muy chiquitos ahora, pálidos y de ojos
rasgados. Se dedican mas que todo a escupirle el asado sutilmente al
ser humano cada vez que pueden. Porque nos tienen cierta pena y asco.
Ellos estuvieron en este planeta por eones viviéndola muy
ecofriendly. Nosotros la verdad que por como van las cosas, el mundo
se acaba de acá a 100 años (si somos otimistas). Pobres moradores
de las ciudades intraterrenas, pobres antiguos seres de luz,
pobrecillos ellos. Tienen que observar desde otra dimensión como
todo se nos va al carajo...

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