Entre
todas las miserias que abundan en este mundo, también hay muchos
motivos para estar agradecidos. Uno de ellos es que, a pesar de todo
el caos y dolor que tiene que soportar el ser humano, tenemos la
dicha de que a través de los siglos hemos recibido la visita de
grandes seres. Hombres que eran más que hombres. Verdaderos guías
espirituales, portadores de un mensaje de salvación y redención.
Personas que no solo enseñaron con la palabra sino también con sus
actos. Realizaron hechos inexplicables y prodigiosos, siempre con el
mismo objetivo: ayudar a los demás.
Y
lo llamativo es que todos ellos (Budha, Mahoma, Jesús, Yogananda,
Ananda Moyi Ma, Padre Pío, etc) tenían para darnos el mismo
mensaje. Parte de ese mensaje es para que despertemos del sueño en
el que vivimos, que nos demos cuenta que esto que vemos no es todo,
que hay algo más. Que el verdadero sentido de la vida está en
brindarse a los otros en servicio y amor. Nos cuesta entenderlo
justamente porque estamos acá en este plano, totalmente absortos y
embelesados por el mundo material. Pero tarde o temprano, en esta o
en cien encarnaciones más adelante, finalmente nos vamos a dar
cuenta. Ahora todo nos pesa, nos cuesta y nos duele. No importa, un
día lo vamos a entender: la vida era solo una puesta en escena, un
montaje para crecer. Y ese día, irradiando gozo, paz y gratitud, nos
diremos a nosotros mismos: “Sí, yo era más grande que la vida”

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