viernes, 9 de mayo de 2014

Siempre distante


Para el ser humano el éxito es uno de los acontecimientos más gratificantes en la vida. Todos soñamos, anhelamos y buscamos lograr algo en particular. Algo que por razones que desconocemos significa tanto para nosotros. Cada vez que pensamos en eso nos brillan los ojos y se ilumina nuestro ser con la esperanza de que un día vamos a llegar ahí donde queremos. Entonces un día sucede. Vemos nacer a nuestro primer hijo, contemplamos el paisaje desde la cima de la montaña, el público se pone de pie para aplaudir nuestra obra, nos atiende el teléfono nuestro amigo con el que estábamos peleados desde hace años, vendemos la franquicia número 20, finalmente conocemos a nuestro padre... Y sentimos que nos llena la gloria, vibrante y avasalladora. Dentro nuestro bandadas de angelitos culones bailan entre las nubes, el taxista y el chofer de colectivo se chocan los cinco, delfines sonrisudos saltan entre las olas, un brasilero baila capoeira, trompetas doradas suenan a coro, caballos salvajes galopan por una pradera y escuchamos a un japonés que toca la 9na de Beethoven con un sintetizador. Nos llena la euforia del éxtasis y nuestro ser desborda de felicidad. Aunque a veces dudáramos de que iba a pasar, ahí estamos parpadeando ante la luz de la victoria. Pero en poco tiempo la mente nos hace sentir gradualmente insatisfechos y nos esclaviza a fijarnos nuevas metas. Metas que nos transforman nuevamente en seres incompletos e infelices a menos que las llevemos a cabo. No obstante por unos momentos nos sentimos en plenitud por haber alcanzado eso que tanto queríamos. Y es entonces cuando el hombre, como en contadas ocasiones en su vida, conoce la paz.








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