Andrómaco
pasaba sus días como el último sobreviviente de una tragedia
griega. Pues lo era. Vivía feliz con su familia en la costa del mar
Egeo. Aquel día Poseidón venía canchereando, se resbaló de uno de
sus delfines y cayó sobre su hogar, aplastando la construcción y
matando a todos menos a él. El dios se disculpó y le dejo un pulpo
como indemnisación. “¿Qué sentido tiene que yo siga con vida?
Pues el peor destino para el hombre es estar siempre solo”. Así
pensaba Andrómaco mientras el pulpo se frotaba amistosamente contra
su pierna. Esa misma noche mientras cenaba pulpo, Andrómaco decidió
que ya que los dioses habían decidido que su vida fuera una
tragedia, iba a representarla de la mejor forma. Así que nuestro
pobre héroe viajaba de pueblo en pueblo brindándole tristeza a la
gente. “Pero este tipo era un malviviente, un truhán, un pelonio,
un paparruchas, un cogorno, un mamorro” pensarán ustedes. Pues no.
El era un verdadero infeliz. Y se encargaba de mostrarle a todos que
debían estar felices con su situación, pues en comparación no
había peor que la de Andrómaco. Allí donde había un
lisiado, después de haber visto el rostro desfigurado por el dolor
de nuestro héroe, había un lisiado feliz de vivir. Y así fue como
hizo felices a miles de personas. Cuando la gente lo veía llegar,
gritaba: “¡Ahí viene el infeliz de Andrómaco, alegrémosnos pues
no hay desdicha mas grande que la suya!”. Ayudando a las personas
fue que él se volvió un hombre dichoso. Formó una familia y
construyó su casa en las orillas del mar, en la isla de Paxos. Pero
un día Poseidón venía haciendo wheelie en una manta raya y se
repatingó. Cayó al lado de la casa, destruyendo el huerto, los
corrales, matando dos burros y a todo el rebaño de ovejas. El dios
les ofreció una morsa y dos estrellas de mar en compensación.
Andrómaco le dijo que se metiera su criaturas marinas por el orto.
No necesitaba nada más que su familia, que estaba a salvo. Pues
verán, hay justicia en los dioses y tarde o temprano obtenemos lo
que nos merecemos.


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