Por
fin iba a conocer a Leopold Bronson. En ese entonces me encontraba
haciendo mi doctorado en la Universidad Técnica de Essex. Nuestro
campo de estudio eran los neutrinos, unas partículas que no estábamos seguros de que existieran y si existiesen no afectarían a nuestro mundo en absolutamente nada. El estado subsidiaba nuestro trabajo con
500.000 libras al mes. Debo confesar con cierta vergüenza que nos
sobraba bastante dinero que gastabamos en autos, mujerzuelas y rock
and roll. Volviendo a mi relato iba a conocer a Bronson. Él
recientemente había ganado el Nobel de física por los resultados
reveladores y contundentes en investigaciones sobre la antimateria. Lo hizo a través de
una seria de experimentos con cucuruchos, patos y piñatas. Leopold
Bronson era mi ídolo. Muchas veces me disfrazaba de él y jugaba a
dar conferencias hasta que mi novia, Linda, me amenazaba con dejarme.
Cierta mañana de Agosto recibí anonadado y lleno de alegría la
noticia que Leopold quería tener una charla conmigo. Resultaba que
mi artículo publicado en la revista “Science and Stuff” le había
llamado la atención. En él describía la incidencia del campo
anamórfico de un yo-yo en la órbita de la Tierra. Ese día después
del encuentro llegué llorando a mi apartamento. Linda me preguntó
sorprendida “¿Qué pasa James? ¿Qué te dijo Leopold?”. Y yo
balbuceante le respondí “Es que, es que cuando abrí la puerta y
lo vi... tenía un pirincho. Y... y después tomando el té... se le
cayó una galletita al piso... y se la comió”


No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.