jueves, 12 de junio de 2014

La science de l'homme


Por fin iba a conocer a Leopold Bronson. En ese entonces me encontraba haciendo mi doctorado en la Universidad Técnica de Essex. Nuestro campo de estudio eran los neutrinos, unas partículas que no estábamos seguros de que existieran y si existiesen no afectarían a nuestro mundo en absolutamente nada. El estado subsidiaba nuestro trabajo con 500.000 libras al mes. Debo confesar con cierta vergüenza que nos sobraba bastante dinero que gastabamos en autos, mujerzuelas y rock and roll. Volviendo a mi relato iba a conocer a Bronson. Él recientemente había ganado el Nobel de física por los resultados reveladores y contundentes en investigaciones sobre la antimateria. Lo hizo a través de una seria de experimentos con cucuruchos, patos y piñatas. Leopold Bronson era mi ídolo. Muchas veces me disfrazaba de él y jugaba a dar conferencias hasta que mi novia, Linda, me amenazaba con dejarme. Cierta mañana de Agosto recibí anonadado y lleno de alegría la noticia que Leopold quería tener una charla conmigo. Resultaba que mi artículo publicado en la revista “Science and Stuff” le había llamado la atención. En él describía la incidencia del campo anamórfico de un yo-yo en la órbita de la Tierra. Ese día después del encuentro llegué llorando a mi apartamento. Linda me preguntó sorprendida “¿Qué pasa James? ¿Qué te dijo Leopold?”. Y yo balbuceante le respondí “Es que, es que cuando abrí la puerta y lo vi... tenía un pirincho. Y... y después tomando el té... se le cayó una galletita al piso... y se la comió”





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