“Álanthar,
se que esta misión que te encomiendo es un cogornio, pero sólo tú
puedes con ella.” Esas
fueron las palabras que me dirigió el comandante de la nave nodriza
en la que estoy hace 11000 años. El nombre de mi superior es
Irminsúl y hace honor a él (ah cualquiera). La cosa es que yo le
dije: “Cero drama, bro. Para eso estamos acá”. A lo que él me
respondió: “No seas un ordinario intergaláctico y dirígete a mí
de manera respetuosa”. No, mentira nada de eso pasó. Lo que sí
pasó es lo de que me encomendó una difícil misión. Ir a destruir
la base de los grises del planeta Xlodron. A la cual ya había
intentado reducir a cenizas cuánticas en una misión anterior, pero
en ese caso todo salió como el sorcho. Mientras ultimábamos
detalles de lo que sería el plan para llevar a cabo mi epopéyica
campaña, se acercó a nosotros un personaje por todos conocidos en
la nave. Se trataba de Denrien-co, un ser solar de inigualables
capacidades científicas y creativas. Se aproximó levitando rodeado
de un halo de luz dorada y me dijo: “Álanthar, debes empezarte a
peinar raya al medio” Re que no fue eso lo que dijo. Me dijo:
“Álanthar, sé de la importante labor que realizas desde hace
eones combatiendo reptilianos, grises y demás bichas chotísimas que
habitan el cosmos. Por eso te he fabricado esta nueva arma. Tienes
que posicionar el magneto heptadimensional en la zona de tu corazón.
Cada vez que rías, sientas amor o paz; se cargará energía en tu
esta escopeta electromagnético-causal. Y de esa forma cuando te
encuentres en batalla, al apretar el gatillo, saldrá un bolo de
plasma ionizado con energías de alta vibración. Este tipo de
energías sintetizadas a partir de emociones purísimamente puras, es
terriblemente destructivo para seres de planos oscuros.” Con ese
impresionante artilugio me encaminé a abordar mi fiel y peripatética
nave, Hakor-Sul. Estuvimos un rato chacoteando y poniéndonos al día,
luego le conté lo que teníamos que hacer. Se mostró un tanto
reacia, porque la última vez que intentamos destruir esas bases casi
nos la dan. Le prometí que al terminar con esta bélica faena
sideral, íriamos a ver las guarderias de estrellas en las Pléyades
(de paso yo visito a mi novia que vive allá). A lo que Hakor
accedió. Me subí en ella, pusimos el campo merkaba a funcionar a
777 hertz y aparecimos instantáneamente en Xlodron. Como ocurre en
los viajes interdimensio-espaciotemporales, a nosotros nos pareció
que el viaje duró 3 horas. En ese rato recordámos pasadas aventuras
con mi nave y nos embambilamos de la risa. Así fue que cuando
llegamos al planeta, mi escopeta anidimensional estaba con una carga
de una potencia que ni te cuento. Me multipliqué taquionicamente en
44 bases de los nefastos grises al mismo tiempo. Allí los recagué a
escopetazos, no quedando ni tan sólo uno de ellos. Pero hubo una
base en la que no cesaban de aparecer estas pedórrilas creaturas.
Por lo que replegué mis 44 dobles etéricos en mi verdadero yo, el
Álanthar original digamos. Y seguía mata que te mata grises. El
último que quedaba, apretó un comando antes de que yo lo
escopeteara. Y como consecuencia de su vil actuar, vi como una puerta
enorme comenzaba abrirse. Sí, lo que salió de ahí era un
gigantesco reptiliano de 7 metros de alto, de la casta draconiana.
Hedionda criatura si las hay: tanto por su maldad, como por su olor a
huevas podridas. Le pegué varios tiros, pero no parecían hacerle
nada. Se me había acabado la carga y no se me ocurría que hacer. El
bicharrancio se avalanzó sobre mí y yo ya me veía siendo
despedazado por esta horrípida criatura. En eso Hakor-sul, se metió
entre las patas de la bestia, haciéndola trompezar. Cayó de bruces,
dando su cara contra el piso. Tuve una súbita revelación y
materializando mi espada de luz crística, le revané la cabeza.
Abracé a Hakor y agradecimos al Creador por tal hazaña
intergaláctica. En la nave madre nos recibieron con dicha, cháchara
y dicharacherismos. Esto es así, los buenos siempre ganamos.
