Hoy
hablaremos de un suceso que dió en acontecer en mi vida en el año
1981. Me encontraba viajando por tierras escandinavas por una
cuestión laboral. Llegué a Suecia y elegí rápidamente un hotel
para pasar la noche. Estaba cansado de tanto viajar, porque mi
actividad requería que esté visitando clientes de nuestra empresa
en persona. Me bañé, comí algo y luego me fui a acostar.
Entonces
tuve un sueño de lo más peculiar: Estaba sólo en un bosque cuando
de pronto escuchaba un sonido como el zumbido de abejas. Algo en mi
interior me hizo mirar al cielo. Y vi un haz de luz dorada que pasó
rápidamente y luego descendió. Casi al mismo tiempo, un extraño
sentir me hizo bajar la vista. Ahí fue cuando los vi. Eran cuatro
“personas”, dos hombres y dos mujeres. Todos ellos tenían trajes
dorados ceñidos al cuerpo. Eran llamativamente bellos, sus rasgos y
facciones de una armonía que nunca había visto en un ser humano. Su
presencia me hizo sentir una gran paz que jamás había sentido en mi
vida. De esa escena, pasamos a estar todos sentados en una mesa
circular. Ahora estábamos adentro de una “habitación” con
paredes que se curvaban hasta llegar al piso, como si de un domo se
tratara. Había una luz blanca y uniforme que iluminaba todo. Uno de
los seres comenzó a hablar: “Ve al concierto que una banda musical
de gran renombre dará mañana en Estocolmo”. Sentí que los cuatro
seres me decían esto al unísono, de manera que la conjunción de
sus voces sonaba de una manera extraordinariamente hermosa. Noté que
no abrieron sus bocas para comunicarme el mensaje. Yo los escuché
dentro de mi cabeza y, aunque suene raro, los escuché en mi corazón
al mismo tiempo también. Cuando desperté de ese sueño, vi que hora
marcaba el reloj y eran las 1:37 de la mañana. Obviamente estaba
sorprendido por lo que soñé, puesto que todo fue muy vívido. Era
como si yo realmente hubiera vivido esa experiencia y no que fuera un
sueño. Me volví a dormir. Al otro día, después de terminar con mi
jornada laboral, me dirigí hacia un local donde vendían entradas
para eventos culturales. Pregunté cual era la banda más conocida
que iba a tocar en esos días. El vendedor me miró con cara de que
yo vivía en otro planeta y me dijo: El grupo ABBA toca mañana a las
19 hs. Yo lo dudé unos momentos y después compré la entrada, puesto
que sería un día sábado y en ese día no tenía que trabajar. “No
pierdo nada” pensé. Si bien me sonaba de nombre esa banda y había
escuchado un par de sus temas, no es que me volvía loco la música
que hacían. Así fue como fui al concierto. La verdad que me iba
gustando bastante. Cuando empezaron a tocar “Lay All Your Love On
Me”, sucedió algo extraordinario. Sentí que el mundo se puso en
pausa y comencé a experimentar una sensación de paz y amor que era
igual a la que había tenido en sueños un par de noches atrás. Era
algo indescriptiblemente hermoso. Al terminar el concierto se me
acercó uno de los trabajadores del evento y me dijo: “Los chicos
quieren hablar con vos”, se estaba refiriendo a los integrantes de
ABBA para mi gran asombro. El muchacho me guió hasta su camerino y
me abrió la puerta para que pase. Los cuatro integrantes de la banda
me miraron como si ya me conocieran. Luego, el vocalista me habló
dirigiéndose por mi nombre: “Lo que tuviste esa noche, no fue un
sueño. La gente cree que solo hacemos lindas canciones. Pero nuestra
misión en el planeta es otra. Se trata de ayudar a que la raza
humana evolucione espiritualmente. Puedes dar testimonio de lo que te
pasó. Ahora sabés que la humanidad no está sola en su lucha. Y
también sabes que tú no estás solo en este duro mundo. Siempre que
lo necesites, puedes contar con nosotros. Aquí te dejo el número de
cada uno de nosotros.” Asombrado y en casi un estado de shock, les
agradecí entre lágrimas. Cada uno de ellos me dió un abrazo de
despedida. Salí del camerino y empecé a caminar hacia mi auto. Una
vez en él, me quedé pensando en todo lo que me había pasado. Era
algo demasiado increíble y hermoso para ser cierto, pero lo era. De
repente me di cuenta de algo. Agarré el papel donde había anotado
sus teléfonos. Todos terminaban en 137. No pude evitar largar una
carcajada, luego arranqué el coche y me fui manejando hacía el
hotel con el corazón al borde de explotar de felicidad.
