sábado, 29 de marzo de 2014

Yahvé, Enki y el Nuevo Orden Mundial


Esto sucedió en tiempos muy primitivos cuando la ciudad de Erech era la que dominaba en la Tierra. Por aquél entonces podríamos decir que la civilización estaba en la etapa de chuparse el dedo. Los sumerios que vivían entre el barro y los juncos de la Mesopotamia, se dedicaban bastante a imaginar toda suerte de estupideces. Y así nace este mito que lo que tiene de delirante lo tiene de tristemente cierto.



La humanidad ya se estaba poniendo majareta. ¿Qué era eso de andar inventando la escritura cuneiforme, construir acequias y crear sistemas legales (si usted no entiende la referencia hacia el código de Hammurabi, vuelva al secundario). “Pero poorrr favooooorrrrr, dejemosnós de hinchar las pelotas” dijeron los dioses. En eso estaban An, Enlil y Ninhursag despotricando contra el hombre y se les acercó Eridú, el dios del arroz fermentado. Entonces les dijo: Creemos un hombre libre. Que beba agua de los ríos, que cace con el poder de sus músculos y que corra desnudo por los pastizales. Creemos un hombre que les recuerde a los demás lo al pedo que se complican la vida. Si, creemoslón”. Los otros dioses asintieron. “Hablas con la verdad Eridú. Pero se dice creemosló, no creemoslón” dijo Enlil. Y así fue como crearon a Enki. Rápido como un avestruz y fuerte como un león. Alto, fornido, de piel y cabellos oscuros. Iba de aquí para allá haciendo lo que deseaba. Unos hombres de Larak iban por el piso 47 de un zigurat. Apareció Enki y se los reventó a golpes. ¡Qué espectáculo! ¡Volaban ladrillos, crujían las columnas y explotaba la piedra tallada! ¡Bravo Enki! ¡Que vean los hombres el sinsentido de construir algo en este mundo hecho de polvo! Más les valdría correr por los prados, hartarse de fruta a la sombra de los árboles y nadar a la fría luz de las estrellas. Eso pensaban los dioses cuando veían a Enki desbocado y exultante haciendo lo que le venía en gana. No había maldad en él. Destruía por placer. Veía toda obra humana como algo que desarmonizaba con la naturaleza. Y así era, porque Enki no era bruto alguno. En la escritura con forma de cuñas que en esos tiempos afloraba en las primeras ciudades de los hombres, el veía otra cosa. Él veía organización, sistematización y control. Con esos mismos elementos miles de años después se establecería El Sistema. Con el que se oprimiría y esclavizaría a la raza humana en su totalidad. Él veía seres intentando crear un Nuevo Orden Mundial. Y escuchaba una letanía que se repetía en todos los rincones de la tierra: “Conseguir trabajo. Trabajar. Casarse. Tener hijos. Seguir la moda. Actuar normal. Caminar en el pavimento. Ver televisión. Obedecer la ley. Ahorrar para la vejez. Y ahora repitan conmigo: yo soy libre” Esto llenaba de ira y pena a Enki. Él era libre. Y lo entristecía hasta el llanto ver al hombre esclavizado y vuelto un objeto de diversión para ciertas Personas que se vanagloriaban de ser los Líderes del Mundo. Y es por eso que mientras Enki destruía, también lloraba. Porque el sufrimiento de su hermano el hombre-esclavo era la fuerza que lo motivaba. ¿Qué pasó entonces? ¿Cómo llegó el mundo a ser lo que era? No importa. Lo cierto es que vivíamos controlados y dominados por Otros. Era incierto el futuro de la humanidad. Pero contaba la profecía de los antiguos semitas que si fuese a convertirse en realidad el plan de instaurar un orden mundial perverso, entonces regresaría Enki. Después de unos años de la más espantosa y horrible situación conocida por el hombre alguna vez, volvería para liberarnos. Y si bien estos sumerios hablaban muchas gansadas, la profecía se cumplió. Así fue como sucedió: Llegó un día en que el Líder del Mundo se proclamó abiertamente y se rió en la cara del hombre esclavizado. Existía un Orden Mundial distópico y nefasto. Se clonaban humanos. El metal cubría gran parte de la tierra. Había una rígida división de clases sociales. Y entonces sin darse cuenta el Señor de la Tierra cometió un error. Cebado en su poder y arrogancia insultó al Altísimo. Pues verán, los dioses que dieron vida a Enki habían sido creados por Uno. Su nombre no importa, pero le llamaremos Yavhé. Un día en su locura y monstruosidad, el Primer Controlador se equivocó. Diariamente todos los obreros debían de sentarse ante su televisor y ver un video en vivo de su Amo burlándose de ellos. Y en ese día en particular el Amo se rió de Yahvé diciendo: “¿Así que tu hiciste a la raza humana? Yo los convertí en mis esclavos y ahora son como larvas que puedo pisar”. Entonces ante la mirada horrorizada de todos le fue traído un niño recién nacido de la clase obrera. Y aullando de risa el Amo reventó su cabeza de un pisotón. Entonces la tierra bramó. En la zona de Mesopotamia entró en erupción un volcán matando a miles. Y por las calles de la ciudad capital del Imperio apareció corriendo Enki. Desnudo y en toda su gloria. Nadie entendía que pasaba. Automáticamente los drones quisieron detenerlo. Y no pudieron. Con un galope lleno de violencia Enki se dirigió hacia el Palacio Central, la residencia del Amo de la Tierra. Lo intentaron detener los guardias de la ciudad. Y no pudieron. “¡Ha llegado el día del espanto!” se decían los Gobernadores del mundo llenos de terror. Y todos veían en sus televisores, proyectores y holovisores como se cumplía la profecía. Apareció en pantalla el cuerpo ensangrentado y lleno de odio de Enki. Esta vez no había lágrimas en sus ojos. Porque sabía que el ser humano iba a ser libre por primera vez en miles de años. El Primer Controlador chilló de horror ante la vista del mundo entero. “¡Ha llegado el día del espanto!” se decían los Gobernadores del mundo llenos de terror. Y entonces de un solo golpe brutal en el pecho Enki acabó con la vida del Amo. Y ese fue el principio del fin. Mientras la Revolución se desataba a lo largo y ancho del globo, Enki corría enajenado matando a diestra y siniestra. Y toda la humanidad escuchó la voz de Yahvé amonestando a los Dirigentes y obradores de mal. Su voz decía: "¡Si de veras sabes tanto, dime dónde estabas cuando puse las bases de la Tierra! ¿Dónde estabas tú cuando los ángeles cantaban y las estrellas danzaban, antes que todo fuera? A Dios nadie le enseña nada; nadie le da consejos ni lecciones de ciencia y sabiduría. No sea que Su cólera descienda sobre vosotros: pues sobre quién desciende Su cólera, perecerá”
 



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