El
mozo estaba teniendo un día largo. Le habían puesto demasiadas
cosas en la bandeja. Se distrajo un segundo y se tropezó. Se le fue
a la mierda la bandeja, tirándole café con leche a un nene,
medialunas a una señora gorda que intentaba comerlas en el aire,
azúcar a todos y un capuchino que hizo un charco con la forma de dos
gaviotas ofendidas (?). Pero mientras el mozo refalaba -con f-
aprovechó la inercia de la caída y todos los deseos reprimidos de
ser bailarín artístico afloraron en ese momento. Así empezó su
danza, saltando entre las mesas y tirando todo lo que había a su
alrededor. Ni hablemos de como lo puteaban los clientes. Pero para el
sólo había un éxtasis ininterrumpido de giros, piruetas y demás
términos que desconozco asociados a la danza. Una de las personas se
animó y le tiró con una taza, a ver si paraba el muy tarado. Pero
por una vez en la vida este buen mozo se sentía en la total plenitud
de su ser. ¿Lo iba a parar una taza arrojada con mucha puntería? No
señor. Estállole la taza en la cabeza, impórtole un huevo al
danzarín.
final
a) cesado el torbellino de ritmo y alegría, el mozo pidió
disculpas. El dueño del bar le dijo: Ah, que lindo que bailás. ¿Por
qué no te vas a bailar a [inserte aquí insultos que involucren a la
madre del otro]? Y lo echó.
final
b) de repente en un haz de luz el mozo desapareció. Pues claro,
habiéndose realizados todos los anhelos de su ser, ya nada tenía
que hacer en este mundo de gente con cara de “me meó un zorrino en
la frente”.

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