Alfa
Centauri se encontraba en ayunas. Eridanus tenía gases. Alcyon no
podia conciliar el sueño. ¿Qué estaba pasando en el Universo?
Surgido de las profundidades de la existencia misma se escuchó el
relincho cósmico de Gálgallim, el Guía. Si, ahí estaba otra vez
para salvarnos de la bestia del abismo que amenazaba con corromper
todo lo que Es. El relincho se extendía a lo largo y a lo ancho del
Río Eterno de la Vida. No había fuerza capaz de detener a
Gálgallim, en tanto que era enviado por Aquel que Siempre Fue. Cual
un misil áureo de infinita potencia, la Luz del Guía se propagaba
con una fuerza avasalladora. Y allí en su oscuro agujero, la
inmundicia ancestral sabía que su hora le había llegado. Su reinado
de maldad estaba por acabar. Pero no había nada que pudiese hacer.
Ya las siete trompetas habían sonado, ya las siete albóndigas se
habían cocinado, ya los siete elfos se habían pedorreado. Otro
ciclo estaba por cerrarse en la historia de la existencia. Gálgallim
aceleraba a velocidades anómalas siguiendo su curso irrevocable.
Todos los seres de la creación esperaban expectantes el Momento
Ultérrimo. Sucedió en varios planos dimensionales simultáneamente.
Con la potencia de miles de soles, Gálgallim impactó contra la
fuente de todo mal, sufrimiento e ignorancia. La energía que se
desprendía del choque entre las fuerzas antagónicas primigenias
parecía no acabar nunca. Abarcaba más y más espacio, desintegrando
todo a su paso. Una esfera de luz y sonido que no se detenía nunca.
Hasta que finalmente llegó a los límites de la existencia misma.
Más allá se encontraba el Eterno Inmanifestado. Así pues la
explosión consumió toda la Creación. Después de interminables
eones todo había terminado.
Entonces
todos los seres despertaron y contemplaron embelesados la Eternidad.
Y cada uno supo en su interior que estaba de vuelta en su verdadero
hogar. Los Ancianos de los Días estiraron las piernas y se
levantaron de sus tronos. Dirigieron sus conciencias hacia Aquél que
siempre fue. Él le guiño un ojo a todos los seres existentes. Y dio
su consentimiento a los Ancianos. Uno de ellos se dispuso a hablar.
Su nombre era Ásallam, media 20 brazas de alto, vestía de blanco,
una barba dorada adornaba su rostro y le gustaba jugar al ping pong.
Sus palabras fueron estas: “No queda más gaseosa, les puedo
ofrecer agua”. Y fueron arrojados de nuevo a la Vida mientras
escuchaban las carcajadas de Aquél que contempla la Eternidad desde
su Trono de Nubes. El Ciclo Eterno se ponía en
marcha nuevamente. Pero dentro de cada uno seguía presente la duda
sobre las palabras de Ásallam. Y así es como cada uno de nosotros
vivimos con una intriga en nuestro interior, una duda existencial.
Porque en el tiempo del no tiempo, cuando aún nada Es, tenemos
contacto con el motor de la Creación. Aquello que nutre nuestras
vidas. Eso que nos hace continuar aunque todo parezca perdido. Pues
en el momento anterior a ser creados hemos escuchado el Chiste
Cósmico. En las profundidades de nuestro ser ha quedado la chispa
divina irradiando un gozo sin limites. La risa del Creador habita en
nosotros. Y es su vibración la que nos permite existir.



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