jueves, 27 de marzo de 2014

Acerca del bien, el mal y el origen de la Existencia


Alfa Centauri se encontraba en ayunas. Eridanus tenía gases. Alcyon no podia conciliar el sueño. ¿Qué estaba pasando en el Universo? Surgido de las profundidades de la existencia misma se escuchó el relincho cósmico de Gálgallim, el Guía. Si, ahí estaba otra vez para salvarnos de la bestia del abismo que amenazaba con corromper todo lo que Es. El relincho se extendía a lo largo y a lo ancho del Río Eterno de la Vida. No había fuerza capaz de detener a Gálgallim, en tanto que era enviado por Aquel que Siempre Fue. Cual un misil áureo de infinita potencia, la Luz del Guía se propagaba con una fuerza avasalladora. Y allí en su oscuro agujero, la inmundicia ancestral sabía que su hora le había llegado. Su reinado de maldad estaba por acabar. Pero no había nada que pudiese hacer. Ya las siete trompetas habían sonado, ya las siete albóndigas se habían cocinado, ya los siete elfos se habían pedorreado. Otro ciclo estaba por cerrarse en la historia de la existencia. Gálgallim aceleraba a velocidades anómalas siguiendo su curso irrevocable. Todos los seres de la creación esperaban expectantes el Momento Ultérrimo. Sucedió en varios planos dimensionales simultáneamente. Con la potencia de miles de soles, Gálgallim impactó contra la fuente de todo mal, sufrimiento e ignorancia. La energía que se desprendía del choque entre las fuerzas antagónicas primigenias parecía no acabar nunca. Abarcaba más y más espacio, desintegrando todo a su paso. Una esfera de luz y sonido que no se detenía nunca. Hasta que finalmente llegó a los límites de la existencia misma. Más allá se encontraba el Eterno Inmanifestado. Así pues la explosión consumió toda la Creación. Después de interminables eones todo había terminado.


Entonces todos los seres despertaron y contemplaron embelesados la Eternidad. Y cada uno supo en su interior que estaba de vuelta en su verdadero hogar. Los Ancianos de los Días estiraron las piernas y se levantaron de sus tronos. Dirigieron sus conciencias hacia Aquél que siempre fue. Él le guiño un ojo a todos los seres existentes. Y dio su consentimiento a los Ancianos. Uno de ellos se dispuso a hablar. Su nombre era Ásallam, media 20 brazas de alto, vestía de blanco, una barba dorada adornaba su rostro y le gustaba jugar al ping pong. Sus palabras fueron estas: “No queda más gaseosa, les puedo ofrecer agua”. Y fueron arrojados de nuevo a la Vida mientras escuchaban las carcajadas de Aquél que contempla la Eternidad desde su Trono de Nubes. El Ciclo Eterno se ponía en marcha nuevamente. Pero dentro de cada uno seguía presente la duda sobre las palabras de Ásallam. Y así es como cada uno de nosotros vivimos con una intriga en nuestro interior, una duda existencial. Porque en el tiempo del no tiempo, cuando aún nada Es, tenemos contacto con el motor de la Creación. Aquello que nutre nuestras vidas. Eso que nos hace continuar aunque todo parezca perdido. Pues en el momento anterior a ser creados hemos escuchado el Chiste Cósmico. En las profundidades de nuestro ser ha quedado la chispa divina irradiando un gozo sin limites. La risa del Creador habita en nosotros. Y es su vibración la que nos permite existir.



  

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