Ya
habiendo rebasado los límites de la pelotudez más asombrosa es que
me encuentro en esta situación. Es que.... ¿cómo decirlo? Nunca
creí que fuera posible que en este mundo pasaran ciertas cosas tan
subnormales. Por lo que he decidido arrojarme desde un acantilado. O
bien envolverme en cartuchos de dinamita -cual arrollado de pollo- y
explotar sin previo aviso. Si explotara sería en un shopping o un
supermercado. Creo que haría bien librando a este planeta de unos
cuantos infelices. Todo empezó un día en el que como tantos otros
prendí la tele. Y ahí estaba en horario central. Los teletubbies.
Entonces llorel. Si, llorel. Es como llorar pero con L. Llorel mucho.
Y en mi desesperación dijómememe a mi mismo “Aespera. Dale una
oportunidad mas a todo este sinsentido que se ha vuelto la vida”.
Me eché una siesta. Al despertar prendí de nuevo la televisión.
Tal vez debiera haber tenido la sabiduría de cambiar de canal antes
de irme a dormir. En fin. Surgida de las profundidades de la anomalía
mas aberrante escuché la siguiente canción “Barney es un
dinosaurio que vive en nuestra mente y cuando se hace grande es
realmente sorprendente...” “Estamos listos” me dije. “No
tengo nada más que hacer en este mundo”. “Desenchufo la plancha y
me suicido” Y entonces sentí como un fuego abrasador me consumía
por dentro y llenaba mi ser de un éxtasis indescriptible. Una luz
dorada me envolvió y perdí el conocimiento. Al recobrar la
conciencia me encontraba en lo que parecía ser una nube. Un hombre
vestido de Rafaella Carrá (pero de blanco) se hallaba en frente mío.
Y me dijo las siguientes palabras: “Hombre mortal has de saber que
la pelotudez tiene un propósito en la existencia. Es tan importante
como el amor, la ropa interior o los diccionarios. Pareciera que por
momentos el Altísimo esta jugando al jenga con la humanidad. Pero no
es así. Pues veraz, si no pasaran pelotudeces nada sería lo mismo.
Einstein no hubiera nacido si su padre no se hubiera olvidado las
llaves adentro del auto. Gandhi hubiera sido jugador de tenis si de
chico no se hubiera trompezado con un gato. Mozart no se hubiera
dedicado a la música si no hubiera visto como ejecutaban a un hombre
por tocarle el culo a una vieja. Vuelve a tu plano Hombre mortal. Y
de ahora en mas enaltece la estupidez, la imbecilidad, la
incoherencia y todas esas cosas. Pues sabed que aun hasta al Eterno
Inmanifestado alguna vez se le ha escapado un pedo”
jueves, 12 de junio de 2014
La science de l'homme
Por
fin iba a conocer a Leopold Bronson. En ese entonces me encontraba
haciendo mi doctorado en la Universidad Técnica de Essex. Nuestro
campo de estudio eran los neutrinos, unas partículas que no estábamos seguros de que existieran y si existiesen no afectarían a nuestro mundo en absolutamente nada. El estado subsidiaba nuestro trabajo con
500.000 libras al mes. Debo confesar con cierta vergüenza que nos
sobraba bastante dinero que gastabamos en autos, mujerzuelas y rock
and roll. Volviendo a mi relato iba a conocer a Bronson. Él
recientemente había ganado el Nobel de física por los resultados
reveladores y contundentes en investigaciones sobre la antimateria. Lo hizo a través de
una seria de experimentos con cucuruchos, patos y piñatas. Leopold
Bronson era mi ídolo. Muchas veces me disfrazaba de él y jugaba a
dar conferencias hasta que mi novia, Linda, me amenazaba con dejarme.
Cierta mañana de Agosto recibí anonadado y lleno de alegría la
noticia que Leopold quería tener una charla conmigo. Resultaba que
mi artículo publicado en la revista “Science and Stuff” le había
llamado la atención. En él describía la incidencia del campo
anamórfico de un yo-yo en la órbita de la Tierra. Ese día después
del encuentro llegué llorando a mi apartamento. Linda me preguntó
sorprendida “¿Qué pasa James? ¿Qué te dijo Leopold?”. Y yo
balbuceante le respondí “Es que, es que cuando abrí la puerta y
lo vi... tenía un pirincho. Y... y después tomando el té... se le
cayó una galletita al piso... y se la comió”
El fin de la eternidad
Cuando
el último muñeco silbador de Mickey sea arrojado a la basura, dice
la profecía que despertará Walt Disney. En chancletas y con
muchísimas ganas de mear. Después de ponerse al tanto de como viene
la mano con el mundo, se tomará un té con leche. Y luego liberará a
la humanidad. La batalla será en el desierto de Gobi. Allí citará
al verdadero enemigo del hombre para combatir en un duelo abrumadoramente épico. Luego de esperar durante días en silencio y comiendo tubérculos, Walt
verá aparecer a la encarnación del mal en la tierra. Ronald
McDonald. Entonces Walt se revelará como realmente es. Un ser divino
enviado para la redención del ser humano. Su mirada será la del
sol. Ante su voz temblará la tierra y se partirán las piedras. Su
olor será a Polo Blue de Ralph Lauren. Ronald se arrepentirá por
cada Big Mac vendida. Pero ya será demasiado tarde. Lucharán
durante 10 días (ponele) hasta que Walt de un golpe triunfal
decapitará al payaso gastronómico. Y habrá jolgorio, alegría,
dicha y comida con bajo colesterol en el mundo. Con la caída de la
columna central del capitalismo, la humanidad comenzará una era
utópica de paz, abundancia y hermandad. Regresará el Principito
entre nosotros y para celebrar el triunfo del bien ejecutará la
obertura 115 de Massenet para flautín, charango y guitarra eléctrica.
Aurea Aetas
Al
contrario de lo que se piensa, la gente de la Antigüedad se aburría
bastante. Estaba muy al pedo por así decir. Muchos piensan
estúpidamente: “No tenían, cine, deportes, libros, computadoras,
etc” Pues no, claro que no. No tenían nada de eso. Y tampoco
tenían máquinas del tiempo para venir al presente y hacer la
comparación de todo lo que no tenían. En fin... Podríamos pensar:
“Entonces estaban al tope de su asombro con un hacha de sílex como
nosotros lo estamos con un smartphone. Lo cierto es que no. A ver:
¿qué tantas cosas podés hacer con un hacha de sílex? Si, muy pocas. Tres como
mucho. Lo más interesante que podía pasar en ese entonces era que
un árbol cayera encima de un ciervo o algo así. Y a partir de este
alpedismo exacerbado se creo el Gran Consejo de Sabios que no Tienen
Nada que Hacer. Así fue como un día en una de las reuniones (se
juntaban todos los días, obvio, si estaban al re pedo) Caitir habló
con palabras que asombraron a todos. Lo que proponía era una
transgresión al alpedismo establecido. Su idea era esculpir piedras
gigantescas, trasladarlas cientos de kilómetros y disponerlas en
círculos concéntricos. Todo esto, está claro, sin otro motivo que la sobreabundancia de tiempo libre. El discurso de
Caitir fue este: “Pensémoslo bien. Puede que la humanidad nunca
esté tan al pedo como lo estamos ahora. Los tiempos corren veloces.
Todos sabemos que algún tarado inventó la rueda hace poco en Medio
Oriente. Antes que nos demos cuenta el hombre va a estar ocupado
haciendo cosas necesarias - Ante esas palabras los otros sabios se
horrorizaron. Algunos se cubrieron el rostro y un par le tiraron
palos y piedritas - Tenemos que aprovechar este momento. Y entonces
las generaciones futuras al contemplar nuestra obra podrán decir
“¡Qué increíble! ¿Acaso no tenían nada mejor que hacer estas
pobres gentes?” No, no tenemos nada mejor que hacer. Tú Ciorstan,
sé que has estado intentando contar las estrellas desde hace tres
años. Dolag se fue de la aldea tratando de encontrar el lugar de
donde viene el viento. Eamuc ya le puso nombre al árbol número
5.207 y piensa seguir con esta tarea. Creo que he sido bastante
claro. Sólo espero que lo entiendan” Inspirados por tan sabias palabras, pusieron manos
a la obra. Y en un acto de alpedismo monumental construyeron lo que
hoy llamamos Stonehenge. Pero estas simpáticas gentes del Neolítico
nunca iban a saber que años antes y en tierras distantes se había
llevado a cabo un proyecto más ambicioso aún. Impulsados por la
vacuidad del desierto fue traída a la existencia la ópera magna del
alpedismo en la Tierra: Las pirámides de Egipto.
miércoles, 14 de mayo de 2014
Expedición hacia el continente Hiperbóreo
Hace
mucho tiempo y vaya a saber dónde, sucedió esto... Kouros moraba en un valle cerca de las montañas. Tenía un amigo que no veía hace
tiempo. Se llamaba Aram. Kouros vivía muy ocupado trabajando la
tierra. Un día pasó por su hogar uno de los hijos de su querido
amigo. Aprovechó la oportunidad y le pidió al niño que le llevara
una carta a su padre. En ella le decía que lo apreciaba mucho y lo
invitaba a que se reunieran pronto. Pasaron los días y Aram no tuvo
respuesta alguna. “Ya va a contestarme” se decía. Las semanas se
sucedieron y ninguna carta llegaba a sus manos. “Seguramente Aram
tiene asuntos que atender, pero sé que pronto sabré de él”.
Meses pasaban uno tras otro y no había ninguna novedad. “Realmente
me molesta que Aram se comporte así. Creí que valoraba
nuestra amistad. Cuando reciba su respuesta voy a aclararle que ha
obrado mal. Me siento ofendido”. Y ya ahí comenzó a tener un
extraño tic en su ojo. Cuando un año y algo más había
transcurrido desde que Kouros mandara su carta, se desató su ira.
“¡Éramos amigos desde niños y me ignora de esta forma!” decía
él, y en su interior crecía el odio. “¡Tantas veces ayudé a
este imbécil y ahora me paga insultándome!” decía él, y en su
interior crecía el odio. “Le brindé mi confianza, mi respeto, mi
afecto y ahora decide repudiar mi ser” decía él, y en su interior
crecía el odio. Entonces rebosante de furia, Kouros se dirigió a su
forja. No durmió en toda la noche y con el hierro del arado hizo una
espada (le salió un poco deforme igual). Mientras se marchaba de
sus tierras mató a sus propios animales. Y puso esmero en matar a
ese maldito pato que cagaba por todos lados. Su familia trató de
frenarlo, pero este pobre hombre ya galopaba en el corcel desbocado
de la cólera más negra. Vagó por los páramos sin rumbo, atacando
y asesinando ser viviente que se le cruzara. En su demencia mató al
líder de una banda de mercenarios y ladrones. Estos comenzaron a
seguirle, imitando a su nuevo cabecilla, masacrando a diestra y
siniestra. Pronto Kouros lideraba un ejército. Y allí por donde iba
acribillaba humanos, animales y plantas sin piedad. En cierta ocasión
se obsesionó con un roble. Estuvo tres días golpeándolo
con su espada hasta que sus hombres pudieron pararlo. Su poder siguió
creciendo alimentado por el odio. Arrasó ciudades, destruyó
familias, perpetró genocidios e inclusive apuñaló a un rebaño
entero de ponis él mismo. Masacró una nación tras otra, sembrando
el sufrimiento y el dolor hasta tierras distantes. Creó un imperio
de violencia y terror, dónde se llevaban a cabo los actos más espantosos y sanguinarios. Una vez al mes se sacrificaba un elefante,
arrojándolo desde un acantilado de manera que estallara
estrepitósamente. Luego Kouros se bañaba en la sangre del animal
muerto y con sus puños desnudos se enfrentaba a un tigre. Siempre
salía victorioso por la vehemencia que le proporcionaba su estado de
enajenación. Y para finalizar decapitaba a 100 prisioneros de un
solo golpe. Cierto día uno de sus soldados le trajo cautivo al
hijo de Aram. Kouros le habló diciendo: “¡Todo lo que tenía que
hacer tu padre era responderme! ¡Habíamos sido amigos toda la vida!
¡¿Por que tuvo que herirme así?! ¡¿Por queeeeeeeeeeé!? Y
balbuceando el muchacho le dijo: “Ese día había comido muchos
arándanos. Me descompuse y usé la carta para limpiarme. Llegué a
casa y me puse a perseguir liebres. Olvidé decirle a mi padre sobre la invitación...” Entonces Kouros abandonado a la
desolación, salió corriendo. Corrió hasta que se rasgaron sus
vestiduras. Finalmente se encontró entre las cimas de las montañas. Y
allí entre alaridos se arrojó al abismo.
Pues
ya ve, querido lector: Cuánto puede perjudicarnos pensar de más.
Suponer que las cosas son de tal o cual modo sin realmente saberlo y
obrar en consecuencia, es una gran idiotez. ¡No piense al pedo y
viva plenamente!
lunes, 12 de mayo de 2014
Olímpicamente
Andrómaco
pasaba sus días como el último sobreviviente de una tragedia
griega. Pues lo era. Vivía feliz con su familia en la costa del mar
Egeo. Aquel día Poseidón venía canchereando, se resbaló de uno de
sus delfines y cayó sobre su hogar, aplastando la construcción y
matando a todos menos a él. El dios se disculpó y le dejo un pulpo
como indemnisación. “¿Qué sentido tiene que yo siga con vida?
Pues el peor destino para el hombre es estar siempre solo”. Así
pensaba Andrómaco mientras el pulpo se frotaba amistosamente contra
su pierna. Esa misma noche mientras cenaba pulpo, Andrómaco decidió
que ya que los dioses habían decidido que su vida fuera una
tragedia, iba a representarla de la mejor forma. Así que nuestro
pobre héroe viajaba de pueblo en pueblo brindándole tristeza a la
gente. “Pero este tipo era un malviviente, un truhán, un pelonio,
un paparruchas, un cogorno, un mamorro” pensarán ustedes. Pues no.
El era un verdadero infeliz. Y se encargaba de mostrarle a todos que
debían estar felices con su situación, pues en comparación no
había peor que la de Andrómaco. Allí donde había un
lisiado, después de haber visto el rostro desfigurado por el dolor
de nuestro héroe, había un lisiado feliz de vivir. Y así fue como
hizo felices a miles de personas. Cuando la gente lo veía llegar,
gritaba: “¡Ahí viene el infeliz de Andrómaco, alegrémosnos pues
no hay desdicha mas grande que la suya!”. Ayudando a las personas
fue que él se volvió un hombre dichoso. Formó una familia y
construyó su casa en las orillas del mar, en la isla de Paxos. Pero
un día Poseidón venía haciendo wheelie en una manta raya y se
repatingó. Cayó al lado de la casa, destruyendo el huerto, los
corrales, matando dos burros y a todo el rebaño de ovejas. El dios
les ofreció una morsa y dos estrellas de mar en compensación.
Andrómaco le dijo que se metiera su criaturas marinas por el orto.
No necesitaba nada más que su familia, que estaba a salvo. Pues
verán, hay justicia en los dioses y tarde o temprano obtenemos lo
que nos merecemos.
domingo, 11 de mayo de 2014
El Águila y la ardilla
Es
sabido que el Imperio Romano no logró someter y dominar Germania. Al
ver que los intentos en ocupar esa región eran demasiado costosos en
vidas y dinero, el emperador Augusto desisitió. Pero hay ciertos
detalles poco conocidos de como fue que realmente sucedió esto. El
gran problema fueron los “comandos ardilla” (“Eichhörnchen
Trupp” en alto germano). Las legiones romanas se toparon con una
fuerza especializada de combatientes que les provocaron terribles inconvenientes. Se trataba de guerreros que utilizaban como única
protección la piel trasquilada de una ardilla sobre su cabeza.
Quintilio Varo nos narra en sus anotaciones “... y de improviso
ante nuestros incrédulos ojos, salió de entre los árboles una
turba de hombres. En pelotas y a los gritos. Por alguna extraña y
ridícula razón llevaban en su cabeza una ardilla. Entre la sorpresa
y el desconcierto demoramos en preparar nuestra formación. Nos
acribillaron”. En otro campamento romano el único sobreviviente de
una cohorte, relató a su centurión: “Me encontraba haciendo
guardia. En cierto momento me percaté que había un germano
espiándome con una ardilla por sombrero. Movía su cabeza de tal
manera que pareciese que la ardilla estaba viva. Yo pensé: 'Este
hombre no puede ser tan imbécil de creer que no veo que unida a esa
ardilla hay un germano de 1,80 de estatura'. Lo cierto es que
mientras debatía en mi mente sobre la increíble idiotez que estaba
viendo, el hombre se avalanzó y traspasó mi muslo con una lanza”.
Después de meses en los fríos bosques de Germania y con las
matanzas que se producían a diario, los legionarios no resistireron
más. Muchos de ellos se despertaban gritando en medio de la noche
por haber soñado con ardillas . Llegó un punto que incluso el
avistamiento de uno de estos pequeños animales era la causa de
ataques de pánico, delirium trémens y diarrea. Puesto que esos
bosques septentrionales están densamente poblados por estos roedores
masticadores de bellotas, se volvió un infierno para las legiones
romanas permanecer allí. Y cuando las últimas filas del ejército
romano cruzaban la frontera de Germania, desde los bosques arrojaban
ardillas (vivas) entre sus filas, mientras les gritaban "¡Drückeberger, drückeberger!" (¡Cagones, cagones!)
viernes, 9 de mayo de 2014
Siempre distante
Para el ser humano el éxito es uno de los acontecimientos más gratificantes en la vida. Todos soñamos, anhelamos y buscamos lograr algo en particular. Algo que por razones que desconocemos significa tanto para nosotros. Cada vez que pensamos en eso nos brillan los ojos y se ilumina nuestro ser con la esperanza de que un día vamos a llegar ahí donde queremos. Entonces un día sucede. Vemos nacer a nuestro primer hijo, contemplamos el paisaje desde la cima de la montaña, el público se pone de pie para aplaudir nuestra obra, nos atiende el teléfono nuestro amigo con el que estábamos peleados desde hace años, vendemos la franquicia número 20, finalmente conocemos a nuestro padre... Y sentimos que nos llena la gloria, vibrante y avasalladora. Dentro nuestro bandadas de angelitos culones bailan entre las nubes, el taxista y el chofer de colectivo se chocan los cinco, delfines sonrisudos saltan entre las olas, un brasilero baila capoeira, trompetas doradas suenan a coro, caballos salvajes galopan por una pradera y escuchamos a un japonés que toca la 9na de Beethoven con un sintetizador. Nos llena la euforia del éxtasis y nuestro ser desborda de felicidad. Aunque a veces dudáramos de que iba a pasar, ahí estamos parpadeando ante la luz de la victoria. Pero en poco tiempo la mente nos hace sentir gradualmente insatisfechos y nos esclaviza a fijarnos nuevas metas. Metas que nos transforman nuevamente en seres incompletos e infelices a menos que las llevemos a cabo. No obstante por unos momentos nos sentimos en plenitud por haber alcanzado eso que tanto queríamos. Y es entonces cuando el hombre, como en contadas ocasiones en su vida, conoce la paz.
La clepsidra emocional
•Pregunta:
¿Y... te gusta?
Pensamiento:
Pero que poronga. No lo voy a usar en la puta vida.
Respuesta:
¡Qué lindo! ¡Tenía pensado comprarme uno!
•Pregunta:
¿Tenés cambio de 100?
Pensamiento:
Es un kiosco esto. Tengo cambio. Lo que no tengo son ganas de que me
lo lleven comprando boludeces.
Respuesta:
Si si, no te hagas drama.
•Pregunta:
¿Qué tal está la chocotortaaaa?
Pensamiento:
Ojalá tuviera algo cerca para escupir esto. ¿Cómo puede ser que le
salga siempre tan hedionda?
Respuesta:
¡Riquísima!
•Pregunta:
¿Con lluvia de papas?
Pensamiento:
No hijo de puta, si vine a pancho y papas para comer tallarines con
tuco.
Respuesta:
Si, gracias.
Si
en esta vida todos dijéramos lo primero que se nos viene a la
cabeza, se iría todo a la mierda. No al homicidio hablado
(sincericidio). Antes de decir algo; pasemos nuestras palabras por
huevo, pan rallado y le brindemos a nuestro interlocutor una milanesa
verbal fácil de digerir.
lunes, 21 de abril de 2014
Yo sólo...
Todo
este tiempo juntos... y ahora te perdí. ¿Cómo iba a saber que un
día, sin aviso, te iban a arrancar de mi lado? Yo creía... yo
pensaba que te iba a tener siempre junto a mi. Eras mi sábana
preferida. Y te usaron para tapar a esta mina muerta. No sé ni quien
puta es. ¡Ay Dios! ¡¿Lavar, lavar?! ¡¿Mirá si después de esto
te voy a lavar?! Jacinta, mi sábana más querida, voy a tener que
quemarte. ¿Te acordás cuando te usaba de capa para jugar a Batman?
¿Cuándo hacíamos de fantasma para asustar a los hijos del vecino?
¿Cuando te mojaba y eras mi látigo para pegarle chirlos a las
chicas en los vestidores del club? Apenas me enteré vine corriendo
al cementerio como estaba: en pelotas. Mi mujer siempre me decía:
“No dejes en el tendedero a Jacinta por la noche, te la van a
afanar”. No le di bola. Y me la chichinearon. ¡Perdón Jacinta no
va a haber ninguna colcha, manta o frazada que te reemplace! Me
cagaré de frío durmiendo destapado. O capaz que duerma con ropa.
¡Adiós Jacinta! Y perdón por todos los mocos pegados...
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